Floria estaba inmersa en sus pensamientos mientras cortaba los panqueques que Oliver había preparado. El suave sonido del cuchillo al cortar la esponjosa masa era casi hipnótico, y cada pequeño bocado que llevaba a su boca era una mezcla de sabores que ya comenzaba a asociar con la paz momentánea que había sentido en los últimos días. Tres días habían pasado desde que las tensiones en su hogar parecían haberse disipado, al menos en la superficie. Tres días en los que Oliver había hecho un esfuerzo consciente por volver a ser el hombre que ella recordaba, el hombre del que alguna vez se había enamorado. Pero esos tres días de aparente normalidad no la tranquilizaban; por el contrario, le provocaban una especie de inquietud sutil, como si todo fuera demasiado bueno para ser verdad. Aún así,

