El aire estaba cargado, denso, como si la habitación se hubiera transformado en una prisión invisible. Alicia estaba sentada en una silla al fondo de la sala, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en un punto indefinido de la pared. A pesar de la tensión que reinaba en el ambiente, su mente no estaba allí. No estaba en esa habitación oscura, con las cortinas cerradas y la tenue luz de una lámpara rota proyectando sombras inquietantes. Estaba en Italia, en las calles de Milán, recordando la primera vez que posó para una cámara profesional. —Todo se siente tan lejano— murmuró, más para sí misma que para Amy, quien estaba a unos pasos detrás de ella. Amy no respondió de inmediato. Estaba de pie, manchada de sangre, con las manos temblorosas y la respiración entrecortada. En su rostro

