Ignacia
Cómo al dedo malo le llega todo menos la cura, mientras corría de camino al trabajo, el tacón de mis mejores zapatos se despegó haciéndome caer de bruces contra el suelo, y me sentí avergonzada, no solo huelo a fracaso, lo soy por completo.
—Señora, ¿se encuentra bien? — preguntó un hombre de voz pasible, y cuando levanté la mirada lo vi extendiendo su mano. Así que le sonreí y me dejé ayudar por él, aunque yo era de las que no aceptaban ayuda, tengo que reconocer que mi soberbia me trajo hasta este punto.
Él me guió hasta la acera donde me senté con un terrible dolor en la rodilla derecha y me miré raspada, tanto en las rodillas como en los codos.
—Muchas gracias— le contesté agradecida y él siguió ayudándome a levantar del suelo todas las cosas que se salieron de mi cartera.
—Daniel, no te pago para que hagas caridad, a viejas torpes que no saben caminar como se debe—, yo que no había dejado de observar el hombre que ha de ser un poco más joven que mi padre, me vi tentada a voltear cuando habló alguien muy cerca de nosotros con una voz gruesa y profunda de esos tipos de voces que causan escalofríos y te erizan todos los vellos del cuerpo.
Cuando miré sus ojos oscuros, me quedé fría, porque transmiten unas sensaciones extrañas, y me parecen familiar, pero tampoco recuerdo haber conocido a alguien como él; me barrió de arriba abajo y frunció los labios, haciéndome sentir como si estuviera sucia.
Hay que reconocer que es un prospecto de hombre al que cualquier mujer se le aventaría encima, buen cuerpo; un tamaño que lo hace ver imponente, porte de rey, cabello tan n***o como sus cejas y pestañas que hacen un contraste perfecto con sus ojos café claros que brillan, pero no es un tipo de brillo angelical, sino uno que parece endiablado, como si lo hiciera por toda la oscuridad que posee.
Tal vez estoy sacando conclusiones erróneas y solo sea un hombre con problemas reales justo como los míos, pero no sabe cómo ventilarlos y se desahoga con personas como yo que también está hasta el cuello de ellos, sin embargo, escuchar el sonido de fastidio que creó me dejó ver que su arrogancia le precede, y hace que toda su belleza no signifique nada, bueno, al menos para mí.
—Señor Restrepo, disculpe— deje de mirarlo cuando el hombre que me ayudaba y que tal parece ser Daniel, empleado del hombre que me mira como si yo fuera una bolsa llena de desechos, se mostró avergonzado con él.
—Sabes que odio la ineptitud, estuve esperando a que abrieras por mí la puerta del coche, ¿y qué hiciste ayudar a esta potranca? — me levanté, aunque con un dolor punzante que me tenía aturdida.
—Deje de ser tan soberbio que su empleado solo tiene humanidad, algo que le falta a usted— el hombre rugió como no todo animal y pasó de mí sin responderme, caminando con tanta altivez que parecía no creer que es un humano.
—El jefe tiene una actitud fría, lo siento, ahora debo irme— el señor Daniel se fue antes de que pudiera disculparme por haberle creado inconveniente con el ogro de su jefe.
Sonreí con ironía, venía con el corazón lastimado, sintiéndome humillada hasta creer que no se podía más, y ahora ya veo que se puede ser tan pisoteado al punto de una creerse tapete.
Matías.
Siempre soñé con pagarle unos buenos fajos de billetes a ese tipejo para que dejara a Ignacia, pero cuando supe que le era infiel con cuántas mujeres le pasaba por el frente, desistí de hacer que la abandone, aunque me ardía el alma cada vez que me imaginaba tocándola igual me encantaba saber que el hombre por el cual ella me rechazó no era más que una basura que la haría llorar lágrimas de sangres; justo como ahora lo hace.
Debería sentirme bien con el resultado, igual no sé por qué siento esta desazón, su sufrimiento debe ser mi alegría, pero no puedo celebrar como esperé durante tanto tiempo.
Suponía que en cuanto llegara este día bailaría sobre su amargura, regocijándome de su dolor.
Llevábamos tiempo siguiéndola, desde que salió de su casa hasta que entró a ese despacho de abogados, donde duró un buen rato.
Pestañeé nerviosamente unas cuantas veces; antes había visto a mi dama solo cuando yo deseaba. Sin embargo, ahora se me estaba haciendo imposible dejar de verla. Abrí bien los ojos y ella desapareció de mi campo de visión.
«Mi condición se deterioró y las perturbaciones se intensificaron»
—La perdiste— pregunté desanimado, pasándome la mano por el rostro con frustración.
—No, señor, mire a su izquierda— toda sensación de inconformidad desapareció de mí.
—Señor, ¿qué hago? — me preguntó Daniel, el cual es uno de mis mejores hombres y el de más confianza.
—No la pierdas de vista, ¡síguela! — le ordené frenético.
—Sí, señor— respondió sin rechistar, tan obediente como siempre. Su manera ta
sumisa es la que hace que se mantenga a mi lado en todo momento y aunque el desgraciado de Tobías es mi mano derecha, no es tan dócil como mi querido Daniel.
—¡Estarás chiflada capricho mío! — chasqueé la lengua cuando la vi ir a la estación de autobuses y devolverse— parece que se me ha pasado la mano y la he enloquecido— termine por reír de mis propias conclusiones.
—No, don Jhon ella parece no tener dinero para el bus— me detiene Daniel de seguir especulando.
—Como sabes eso, ¿acaso eres brujo? — indague con sorna.
—La vi sacar su monedero, miró dentro y se devolvió.
—¡Vaya perro!, me saliste bien observador, sigue así y te recompensaré— le elogié a mi modo, ellos conocen bien mi modalidad al expresarme.
—La llevaremos, — me pregunta aun sabiendo que le diré un no rotundo, pero él hace siempre la misma pregunta estúpida que me provoca rabiar, — parece que va rumbo al trabajo—, vuelve a decir para ver si logra conmoverme, pero yo carezco de sensibilidad gracias a ella misma así que me importa un coño que camine por un millón de horas. Yo llegué a caminar distancias más largas para ir a verla y me trataba peor que a un leproso.
—¡Es tan lela! —exclamé furioso cuando la vi caer de sus propios pies.
—Ve a ayudarla pero que conste que no me importa—. Daniel detuvo el coche y salió con tanta rapidez que me dejó aturdido. Ya hasta parezco estúpido pidiendo cosas que me contradicen a mí mismo, le ordené ir a rescatarla y digo que no me importa.
Miraba desde la ventanilla tintada que no se ve hacia dentro, pero que perfectamente se puede ver perfectamente hacia afuera.
Impulsado por un deseo intenso de verla fijamente a los ojos, salí del coche y para fingir que me importa un bledo que se diera un Madrazo en la pierna; le grité a Daniel fingiendo que me ha molestado que me dejara sin abrir la puerta del coche para mí y la muy atrevida se atrevió a llamarme soberbio, pero en realidad lo que realmente me fastidió fue sentir ese maldito olor; huele exactamente igual que ese día que se entregó a mí, ese jodido día que me llenó de oscuridad y mató todo lo bonito que había en mí, así que le tocará aguantar a este monstruo que ella con sus propias manos creó.
Fingí que tenía algo que hacer en ese lugar y caminé hasta que Daniel vino detrás de mí.
—Jefe, ¿dónde hacía va? — me preguntó haciéndome sentir más ridículo.
—A ningún lado, pareces vieja, no haces más que preguntar y preguntar—, le respondí con frustración, puesto que no le voy a decir que me aparté de mi capricho para no terminar dándole un beso violento con el que me desahogaría. No quiero caer nuevamente, ella debe obtener de mi odio y nada más.
Miré en dirección a donde iba cojeando, con los zapatos en las manos. — ¡¿A dónde va la cabrona?!— masculle al aire, sin poder procesar el cambio que ha dado en tan poco tiempo, es como si fuera otra.
La muñeca plástica que me pisoteo el alma parece una pobre diabla derrotada, pero estoy más que seguro que esa maldad que reinaba en ella está allí, solo que ahora se disfraza de modestia para confundir, ya que no puede mostrar la altanería que antes poseía, ya no tiene de qué presumir y para humillar se necesita poder del cual carece.
—Parece que irá al trabajo— respondió Daniel mirándola al igual que yo.
—¿Al basurero deprimente donde trabaja?, ¿Y descalza? — Solté un bufido como siempre sintiéndome hastiado de mí mismo, ya que pensé en algo que no me agradaba, pero igual no dejaré de hacerlo y para no perder el valor le di la espalda a Daniel.
—Ve y llévala— sé que debe estar con una sonrisa ridícula en sus labios.
—Jefe, ¿y usted? — respiré profundo.
—Daniel, hazlo antes de que se me esfume este estúpido sentimentalismo de caballero idiota— Daniel, que es un verdadero caballero y por demás buena persona, salió prácticamente corriendo hacia el coche.
Aún no le he preguntado por qué un hombre como él terminó metido en este negocio tan peligroso y lleno de crueldad, de donde no se sale vivo.