Jorge Luis Castillo y su prometida al altar se hallaban en una habitación con la luz apagada, dos cuerpos desnudos se abrazaban empujándose entre sí con muchas ganas. El roce de ambas pieles producía placer automático con cada estocada sublime. Frente a frente intercambiaban sudor y gemidos con los ojos cerrados metidos en sus propias fantasías, sintiendo cada uno una explosión de placer épica cuando él cabalga con fuerza. Ella arañaba con deseo la espalda de su hombre en un acto desesperado por expresar el exquisito éxtasis que le provocaba el vaivén de caderas. Los abultados senos de la hermosa chica frente a Jorge Luis eran las almohadas perfectas para que él reposara su pecho sintiendo la alta temperatura que juntos ocasionaban, ella sentía que flotaba con cada penetración que él le ha

