Barbara caminaba con miedo a su casa casi como si estuviera contando sus pasos. Llevaba en su rostro esa extraña expresión de las personas cuando no quieren llegar a algún lugar. Supongo que así se sienten las ovejas cuando están rumbo al matadero. La noche era oscura, y estaba haciendo muchísimo frío. Ella usaba su propio aliento para calentar un poco sus manos mientras caminaba temerosa a través del pasillo de ese edificio dónde vivía con su pareja. Los vecinos se asomaban curiosamente por medio de las estrechas brechas que se formaban entre la pared, y las puertas de sus apartamentos. Todos por simple chisme, ninguno que tuviera la intención de ayudar verdaderamente a la pobre Barbara. Los habitantes del condominio sabían perfectamente que Emilio la había echado la noche anterior. Toman

