Miranda Ese día, como él dijo, todos nos fuimos a comer, pero caería la noche y estaba completamente segura de que me sentiría aún más incómoda, y no me equivoqué. Gema me había ayudado a tomar una ducha, y eso tenía que agradecérselo. Con la ayuda de Camilo, me recosté en la cama, ella besó mi frente y soltó un largo suspiro. —Ahora sí me tengo que ir. Quisiera quedarme contigo, pues sé que no estás del todo convencida, pero quiero ver a mi hijo. Te amo, nena. Cualquier cosa que necesites, llámame, no importa la hora, yo vendré corriendo, ¿vale? Ella besa mi mejilla y yo asiento. Caminan hacia la puerta de la habitación y, cuando la abre, yo la detengo. —Gema. Ella voltea a verme con una sonrisa en su rostro. —Dime, nena, ¿necesitas algo? Estoy por decirle que me voy con ella, pero

