Bastián Cuando salí de la oficina de Miranda, lo hice sin decir una palabra. No podía; tenía un maldito nudo en la garganta. Pero no la podía juzgar; por el contrario, la entendía perfectamente y, obviamente, cumpliría mi promesa: le daría el divorcio. Pero tampoco me rendiría; la amaba y me di cuenta muy tarde de que podía perderla. Jamás pensé que eso sucediera. Pensé que era culpable y que, por eso, ella resistiría todo el tiempo para poder remediar lo que había hecho. Pero vaya que estaba equivocado, y ahora el que no puede remediar lo que ha hecho soy yo. Cuando llegué al hotel, lo primero que hice fue pedir una botella de whisky. Me senté en el pequeño balcón de la habitación y empecé a tomar planeaba hacerlo como si fuera el fin del mundo. Cuando llevaba casi media botella, algui

