Capítulo 17: El nombre verdadero

2325 Palabras
Gavril Helena salió corriendo con el cuaderno apretado contra el pecho como si fuera un escudo. Yo me quedé apoyado en la pared unos segundos más, escuchando el eco de sus pasos perderse en el pasillo. Podría haberme ido en dirección contraria, hacer lo lógico: dormir, revisar avances de Misha, seguir la pista de Oracle. No lo hice. En lugar de eso, repasé mentalmente cada gesto suyo en los últimos minutos: la forma en que se tensó cuando le hablé de su descanso, cómo tragó saliva antes de contestarme, el temblor casi imperceptible en la mano que sostenía el cuaderno, el modo en que evitó mirarme durante más de tres segundos seguidos. Helena sospechaba algo. No sabía qué, ni cuánto, ni desde cuándo. Pero lo hacía. Tal vez fue la confesión. Tal vez fue la forma en que reaccioné. Tal vez descubrió la verdad de que no soy sacerdote y, aunque lo intente, hay cosas que no se pueden falsificar: la fe, la calma, la mirada. La mía nunca fue lo que se esperaba. Me separé de la pared con un suspiro cargado de irritación. No hacia ella sino hacia mí. Vine a este pueblo a cazar un fantasma. Terminé atrapado en la órbita de una mujer que me mira como si fuera capaz de ver partes de mí que ni yo quiero reconocer. Y eso no entraba en el plan. Crucé el pasillo y subí las escaleras hacia la habitación que me asignaron. Apenas cerré la puerta, me arranqué la sotana como si me estuviera quemando la piel. La dejé tirada sobre la cama, el collar clerical cayó sobre la mesa con un golpe seco. Ya podía respirar mejor, aunque no podía decir lo mismo de mis pensamientos. Siempre era así. Cada vez que me quitaba ese disfraz, una parte de mi cabeza dejaba de gritar. No toda, pero sí lo suficiente como para que recordara quién soy, qué hago, a quién vine a destruir. Detrás del espejo del armario había escondido la única parte honesta de este personaje: la pistola y la navaja. Las revisé por pura costumbre, sin intención real de usarlas, por lo menos no esa noche. Me puse ropa normal: pantalones oscuros, camiseta, una chaqueta que se confundía con la noche. El cuerpo reaccionó como si recordara esa piel, esa versión mía en la que no tengo que fingir plegarias para justificar mis movimientos. «Caza nocturna. Eso sí lo sé hacer.» Iba a revisar avances de Misha. Teníamos claro que alguien dentro del pueblo había manipulado registros, falsificado movimientos, borrado rastros digitales. Oracle no operaba solo desde lejos. Y últimamente, demasiadas flechas apuntaban al mismo sitio: Emil. Un gruñido bajo me subió por la garganta al recordar su confesión en el confesionario. Podría haber sido una exageración. Un delirio de pueblo chico. Pero había algo en su voz, en los detalles, en la forma en que lo dijo… que me mostró demasiada verdad. Y no me gustó. Más aún: me encendió una chispa que no debería existir. Porque yo, que vine a matarlo si resultaba ser lo que busco, no tenía derecho a ofenderme por lo que hace con su mano cuando está solo. Pero igual estaba demasiado ofendido. Me acerqué a la ventana de mi cuarto. Desde allí podía ver el lado del pueblo que me interesaba: luces escasas, sombras largas, casas bajas. La de Helena destacaba no por su tamaño, sino por su posición. La mayoría vivía más cerca de la plaza. Ella, no. Ella estaba un poco más apartada. Más expuesta. «Cuando uno está cansado, deja que ciertas cosas lo afecten más de lo que deberían.» Repetí mis propias palabras con desprecio. Había sido un comentario táctico, para desestabilizarla, para leer sus reacciones. Pero en algún punto me había dejado clavado a mí también. No sabía si estaba más molesto porque ella había reaccionado a mí… o porque yo estaba reaccionando a ella. Y eso ya era demasiado. Tomé una decisión que ni siquiera discutí conmigo mismo: iba a seguirla. No a la luz del día ni con sotana. No. No iba a hacerlo como sacerdote sino como lo que soy: un hombre que sabe cazar, vigilar, leer, romper. Bajé las escaleras en silencio, ya sin el peso de la tela negra. La rectoría y el pueblo dormían. Las viejas chismosas estarían soñando con mi sermón, con pecados ajenos, con castigos divinos. Yo solo tenía en mente una cosa: asegurarme de que nadie más pusiera un dedo, una mirada o una intención donde no debía. Abrí la puerta lateral con cuidado y salí a la noche. El aire era frío y cortante, lo que me cayó bien. La oscuridad me sienta mejor que la luz de las velas. Sabía el camino a su casa de memoria. No porque fuera lejos, sino porque lo había registrado desde el primer día: ruta de escape, ángulos ciegos, posibles puntos de entrada, ventanas sin rejas. Y, por supuesto, la maldita ventana delantera sin cortinas que Emil había descrito con entusiasmo repugnante. «Cuando llega a su casa y se desnuda… se ve todo.» Me moví pegado a las paredes, usando las sombras de los árboles y las fachadas para cubrir mi avance. No era paranoia: era hábito. Uno que me mantuvo vivo suficientes años como para llegar hasta aquí. Cuando al fin estuve frente a su casa, me quedé a distancia, escondido en la esquina donde la sombra de un viejo árbol cubría casi toda la calle. La ventana estaba ahí, obviamente no estaba abierta pero las cortinas sí lo estaban. El interior estaba iluminado por una luz amarilla, suave. La cocina, pequeña, se veía ordenada. En la mesa había un plato sin tocar, una taza a medio beber. El tipo de escena que uno se encuentra en casas de gente que nunca tiene tiempo para sí misma. La vi aparecer. Helena entró a la cocina con el cabello suelto, todavía húmedo. Llevaba solo una toalla alrededor de su cuerpo. Tragué saliva al ver sus piernas desnudas, las gotas de agua que caían por su clavícula. «CONCÉNTRATE» Se apoyó en el borde de la mesa, como si el cansancio la hubiera alcanzado recién en ese instante. Cerró los ojos un segundo. Sus labios se movieron, dijo algo que no pude escuchar. Quise acercarme más, pero me contuve. No podía arriesgarme a que me viera fuera de mi personaje. No podía ser el sacerdote y el extraño nocturno a la vez. La observé moverse por la cocina de manera mecánica de quien hace algo por simple hábito. Guardó el plato en la heladera. Tiró la bebida en el fregadero. Se pasó la mano por el cuello, justo en el lugar donde había querido apoyar mi boca esa tarde. Mi cuerpo reaccionó con enojo... y con algo peor. Se alejó de la cocina y desapareció hacia el cuarto. La luz cambió de lugar; un reflejo débil se encendió en la habitación contigua. Podría haberme quedado donde estaba, respetar el límite que me estaba imponiendo. «Caballero respetuoso, mis pelotas» Me moví bordeando la casa, buscando el ángulo desde donde la ventana del dormitorio quedaba visible sin que el interior me reflejara la cara. Y entonces la vi sentada en la cama, de espaldas a la ventana. El cabello caía sobre su espalda como una sombra más. Se había puesto una camiseta que le cubría hasta la mitad de los muslos. Tenía las piernas recogidas, los brazos alrededor de ellas, la frente apoyada en las rodillas. Una posición de defensa, de alguien que intenta contenerse. Podía haberme ido. Haber dicho “está bien, está viva, está sola, problema resuelto”. Pero me quedé. Porque soy un Markov, y los Markov no sabemos cuándo parar. Ella levantó la cabeza. La vi inhalar profundo, como si buscara aire donde no había. Sus manos bajaron de sus piernas y se posaron sobre el colchón a ambos lados de su cuerpo. Después una de ellas subió, lenta, hasta su pecho. Tocó el lugar donde suele colgar el crucifijo que, ahora me doy cuenta, no lleva puesto cuando está en casa. Su boca se movió. Esta vez sí la escuché. —Padre Aleksandr... —susurró. Y el mundo se me detuvo. «VOY A MATAR A ESE HIJO DE PUTA... Ah no, espera... está pensando en... ¿mí?» Mi título falso convertido en una invocación íntima que no debería estar diciendo. Tendría que estar gimiendo mi nombre... Deslizó la mano por su propio cuello, bajando por la clavícula con una lentitud que no tenía nada de inocente. Cerró los ojos. La respiración le cambió, de tranquila, pasó a entrecortada. «Por todos los santos no tan santos... necesito oírla decir mi nombre» —No —murmuró de pronto—. No… otra vez… Pero no detuvo la mano. La vi moverse, dudar, bajar apenas sobre la tela amplia de la camiseta, como tanteando limites que ella misma se había impuesto. Sus dedos se cerraron un momento en el borde de la tela, como si dudaran si seguir bajando o no. No necesitaba ver más para saber qué estaba haciendo ni en quién estaba pensando. Mi cuerpo respondió con una honestidad brutal que odié al instante. El pantalón se volvió una prisión incómoda, mi mandíbula se endureció aún más, mis dedos se clavaron en la madera de la ventana. «No es tuya. No estás aquí para esto. No viniste a desearla.» Mentiras. Callaba todas esas frases de puras mentiras que ya no quería seguir diciéndome. Sentirla arder a esta distancia, verla retorcerse de deseo por alguien que no soy… eso no lo podía soportar. Tenerla así, sabiendo que soy yo el que le está excitando de esa manera, eso es distinto. Eso despierta cosas que no podía controlar aunque quisiera hacerlo. Estaba tan concentrado en ella, en tomar la decisión de entrar y darle lo que tanto deseaba que tardé unos segundos en notar lo otro. Una sombra, a unos metros de mí pegada al muro contrario de la casa, en un ángulo diferente de la ventana. Estática. Giré la cabeza, apenas, entrenado para distinguir movimientos mínimos en la oscuridad. Y ahí estaba Emil. Ese hijo de puta estaba ahí, otra vez. Sentí que algo muy primitivo se activaba en mi interior. No fue solo celos ni solo rabia. Fue territorial. Fue una orden que mi cuerpo acató antes de que mi cerebro la formulara. «Muévelo de ahí. Ahora.» Me separé del árbol con cuidado, sin hacer ruido. Rodeé el perímetro por detrás, usando la oscuridad y la costumbre. Él estaba tan concentrado en la ventana que ni se dio cuenta de que el cazador había entrado en el mismo terreno. Podía ver su perfil desde la sombra: mandíbula apretada, ojos fijos, pecho subiendo y bajando con ansiedad, sus pantalones bajos mientras bombeaba su m*****o. Ni siquiera parpadeaba para no perder de vista a Helena. «ES UN PUTO HOMBRE MUERTO» No dejé que me viera la cara cuando me acerqué por detrás, rápido y silencioso. Apenas estuve a un paso, extendí la mano y lo sujeté de la nuca, empujándolo contra la pared con la fuerza suficiente como para sacarle el aire pero no romperle nada. Desgraciadamente, aún no era su momento. Su cuerpo se tensó de golpe. —Ni un sonido —gruñí, alterando la voz para que no pudiera reconocerla—. O te juro que no sales caminando de aquí. Se quedó rígido, congelado. Intentó girar la cabeza, pero le apreté más los dedos, obligándolo a mirar hacia la pared. —¿Quién…? —apenas alcanzó a decir. —Alguien que no tiene tu paciencia —susurré cerca de su oído—. Ni tu problema de vista. Se estremeció, podía oler el miedo saliendo de cada uno de sus poros, ese aroma agrio que conozco mejor que el incienso de cualquier iglesia. —No… no estoy haciendo nada —balbuceó. Miré por encima de su hombro, hacia la ventana. Helena ya no estaba sentada; la luz se había atenuado aún más. Se habría recostado, saliendo de la vista… pero no de mi cabeza. —Claro —dije—. Solo pasabas por aquí, en la noche, pegado a la casa de una mujer que vive sola. Con suerte, los jueces del infierno creerán esa historia. Él intentó defenderse. —Yo… solo… la cuido. La palabra me encendió un fuego n***o en el pecho. —Ella no necesita que tú la cuides. Apreté más. Escuché cómo tragaba saliva. Podría romperle el cuello en un segundo y nadie lo oiría. Podría hacerlo pasar por un robo, un accidente, un asalto fallido. Tenía experiencia. Pero, para suerte del hijo de puta, la luz de la casa en la que estábamos ocultos se encendió. Lo solté de golpe. Emil casi perdió el equilibrio. —Si te vuelvo a ver mirando esta ventana —dije con calma helada—, ni siquiera tendrás tiempo de ver cómo te quiebro el cuello. No esperé respuesta. Me alejé sin mirar atrás, deshaciéndome nuevamente en la oscuridad. Sentí su mirada nerviosa buscando al agresor, pero no me encontraría. Cuando estuve a distancia segura, volví a mirar la casa. La luz del cuarto se apagó por completo. La oscuridad la cubrió a ella. A mí, no. Porque ahora sabía demasiado: que Helena no solo cargaba culpas del pasado, que no solo era competente, fuerte y silenciosa, que no solo me miraba con recelo. Ahora sabía que, cuando se queda sola con sus fantasmas… piensa en mí. Pero ahora tenía una nueva necesidad casi primitiva: que ella gritara Gavril, mi nombre verdadero. No como el del hijo del hombre que mataron, ni como el del cazador de un fantasma, ni como el heredero de la Bratva. Sino como el de un simple mortal que, si se descuidaba un poco más, iba a dejarse conquistar por el sonido ese nombre en sus labios… aunque para eso tuviera que destruir a cada idiota que se atreviera a mirarla desde la oscuridad.
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