XI Huida

2170 Palabras
Ando cojeando de vuelva a casa porque me he clavado algo del tacón de la sandalia. De repente alguien me rodea por la cintura y me apoya en sus hombros. Las lágrimas que no llegan a salir de mis ojos me nublan la vista, pero por la altura, sé que no es Nero, es alguien solo un poco más alto que yo. Una barba raspa mi cara interior del brazo cuando se gira a mirarme. Es Raul. - ¿Qué haces? - Le digo, sonando un poco más seca de lo que quería sonar y tratando de no dejar ver que tengo ganas de llorar. –Paseaba por mi barrio, este también es mi barrio, ¿sabes? - Creo que quiere desviar la conversación para no contestar la porque la pregunta se refería a que hacía al ayudarme. – No me refería a eso, ¿Por qué estas ayudándome? – Paro para que me suelte, pero se da cuenta de mis intenciones y sigue caminando sujetándome con fuerza. – No se sí podrás llegar así a tu casa, si vamos por esta calle en dos minutos estamos en la mía y te puedo curar el tobillo y dejarte algún calzado. – Me señala la sandalia rota en mi pie. Asiento y nos encaminamos a su casa. Como me lleva casi en volandas no tardamos mucho. Por el camino me ha contado que vive en un pequeño piso que heredó de su madre y que al lado vive su tía. De hecho, cuando estamos entrado a su piso su tía sale del suyo y nos saluda. –Suele venir a cenar conmigo, pero parece que nos dejará intimidad. - Raul se refiere a su tía cuando cierra la puerta. No sé si bromea o lo dice en serio, pero entramos a una salita y me siento en un sofá de dos plazas, desgastado y cubierto por una manta. Raul se va por una puerta y vuelve con una caja y un par de bebidas que pone sobre la mesa auxiliar que está delante del sofá. Se sienta a mi lado, sube mi pierna, quita la sandalia con el tacón roto y abre la caja que ha traído. De ella saca un paquete, al abrirlo veo que son unas toallitas antisépticas, la pasa por todo mi pie y mi tobillo. Observa con detenimiento y hace un gesto de aventar el líquido residual de mi pie. –Parece que solo hay unas pequeñas heridas, las voy a tapar y te pongo una pomada para la torcedura. - Así lo hace, con sumo cuidado pone tiritas en varias partes y luego me da un pequeño masaje en el pie y el tobillo con una crema. Él sigue subiendo el masaje por mi pantorrilla y cuando llega a mi rodilla para. – Tengo que limpiarme, esta crema es muy fuerte y puede escocer. – Se excusa desapareciendo en una puerta que hay a mi espalda y oigo el agua correr. Por mi parte, no sé qué hacer, así que cojo el vaso con el refresco y tomo un poco. Raul vuelve y noto que se ha cambiado de ropa, va descalzo con un pantalón de chándal y una camiseta. No tiene el cuerpo de Nero o Andrea, pero tampoco está mal. Al sentarse a mi lado, enciende la tele y sube mis piernas sobre las suyas dejándome casi tumbada sobre el sofá. - ¿Te puedo invitar a una Pizza? Si la pido ahora estará aquí en quince minutos. – Asiento y veo que posa su brazo sobre mis piernas mientras llama por su móvil. Pide la pizza y postre de chocolate. “¿Sabrá que me encanta o es casualidad?” Hemos hablado de las cosas en común de nuestra infancia y juventud mientras esperamos la pizza y hemos cenamos viendo pelis viejas y comentándolas. Yo no voy a sacar el tema de que desde aquel día en la disco ha sido alguien especial para mí. Tampoco le voy a decir que, aunque no directamente, me ha ayudado en un par de ocasiones a sobrellevar la mierda que me rodeaba, incluso me hizo fuerte para terminar con una relación de mierda que tuve. Eso es para mí. Pero cuando levanta mis piernas y se acerca más a mí siento que el peligro me acecha. Raul pasa su mano mis muslos y mientras comenta la imagen en la televisión. “¿Se supone que no me estoy dando cuenta de lo que está haciendo?” Acerca su cara a la mía, deja de hablar y me mira a los ojos. Baja su mirada a mis labios y no puedo evitar abrirlos un poco. Esa la señal que él esperaba para lanzarse a por ellos. No es un beso dulce. Se mueve rápidamente, aparta mis piernas de encima para colocarlas debajo de él. Sus manos recorren mi cuerpo. Es agradable volver a sentirse así, meto mi mano en su pelo n***o desde el cuello a la nuca y se aparta un segundo para mirarme a los ojos. Desliza su mano dentro de mi vestido y lo empieza a subir. “¿Lo hago? Antes lo había soñado tanto, pero ahora. Ni ahora ni leches, joder, que me encapriché con un niñato mafioso y mira lo que encontré esta tarde en La Terraza. A tomar por culo, dejémonos llevar.” Copio sus acciones y le quito la camiseta, y noto su entrepierna muy muy dura. Nos seguimos desnudando mientras nos besamos. Raul sabe usar sus manos antes de hundirse en mí. Sus movimientos terminan de llevarme al orgasmo, mientras que el tarda un par de segundos más en llegar al éxtasis. Cuando termina sale de mí, pero no para de besarme, acariciar mi cuerpo y frotarse contra mí, desnudos. Tira de la manta y nos tapa, tumbándose junto a mí. Me rodea con sus brazos y nos quedamos en silencio mirando la tele. Me despierto en mitad de la madrugada con Raul dormido y su cara metida en mi cuello. Tengo que irme. Me levanto y, aunque tengo mucho cuidado, está tan pegado a mi que le despierto. - ¿Te vas? – Solo tiene los ojos medio abiertos. -Si. - Le digo mientras me visto. – No dije nada de dormir fuera y se preocuparan si no vuelvo a dormir. - Termino de vestirme bajo su atenta mirada y me dirijo a la puerta de salida y el se pone en pie de un salto. Me acompaña y la abre. Me da un beso, que más que un beso es un roce en los labios y me voy por la escalera abajo. No hay nadie por la calle, esta solitaria. Ando aún un poco coja y tardo más de lo que normalmente lo haría en llegar a mi calle. Cerca de mi portal está aparcado un coche de alta gama n***o. “Serán los hombres de Nero. Ya le dije el primer día que cantaba en este barrio.” Me quito la sandalia rota y trato de hacer el menor ruido posible y andar lo más rápido que puedo. Me cuelo en mi portal sin encender la luz hasta llegar a la puerta de mi piso. A tientas la abro y entro. Respiro soltando todo el aire que estaba conteniendo desde que vi el coche. Me ducho mientras escucho “Días de verano” de Amaral. Al acabar me voy a mi habitación, me pongo un camisón y me acuesto junto a gatito, que ocupa la mitad de la cama. Las primeras luces del día me despiertan colándose por la ventana de mi cuarto. “No, ¡Mierda! Me despierta la figura de un hombre en la puerta de mi habitación.” Me asusto y me incorporo de golpe, mareándome. Detrás de la figura aparece otra. Pestañeo dos veces y fijo la vista, Nero se ha acercado a la cama y aparta a Gatito que le bufa y sale corriendo. Detrás de él está Andrea que parece hablar con mi madre, y le está diciendo que han venido a verme y les he abierto yo la puerta. Estoy aterrada. Lo de llamar el otro día a la puerta, vale, pero es que ahora han entrado en mi casa. Nero coge con una sola mano mi cuello y me tumba de un empujón, hundiendo mi cabeza en la almohada. Me está haciendo daño y casi me corta la respiración, llevo mis manos a la suya para intentar zafarme, pero se sienta para controlar mejor la situación. Andrea usa su cuerpo para que mi madre no mire dentro de la habitación cuando pasa por delante, le está diciendo que la ayuda a hacer el desayuno para todos. Me cuesta respirar y Nero acerca su boca a mi oído, con un susurro que me pone los pelos de punta. – Sé que has estado con alguien esta noche, no sé cómo lo has hecho, pero no vas a volver a estar sin monitorear. Y lo del coche lo vas a pagar. - Saca de su bolsillo el puto pintalabios, afloja un poco el agarre a mi cuello y lo me lo tira a la cara. – Sal de aquí y déjame en paz. - Digo bajito, pero con mucha rabia. Se ríe y me suelta del todo levantándose de la cama. – No. Tienes 5 minutos para vestirte para el desayuno. No quiero molestar a tu mama. – Sale de mi cuarto y me froto el cuello. “¿No me ha motorizado?” Busco el bolso de anoche y saco mi móvil, tiene la pantalla rota y está apagado. “¡Oh, mierda! Debió romperse cuando me caí cuando se me rompió el tacón. Que suerte, no sabe dónde he estado esta noche.” Enciendo el móvil, me visto y salgo al comedor con los demás. Nero y Andrea se van de mi casa cuando yo salgo para irme a trabajar. En el camino al trabajo mi mente da mil vueltas a todo, y decido que voy a coger unos días de vacaciones e irme al pueblo de mis padres para dejar de tener a Nero y a Raul alrededor mío. Al llegar escribo a mi jefa y me autoriza las vacaciones, por lo visto a la empresa le viene bien que las coja, están pasando por problemas y están planteando cerrar. A media mañana me entra una llamada a mi móvil, parece que no está del todo roto. Contesto con un “Diga” como siempre, y al otro lado de la línea hay una mujer que parece algo tensa, no la reconozco. – Reich, ¿A qué estás jugando? – -Disculpa, ¿Quién eres? – - Soy Eva Llorente. ¿Qué ha pasado? Ya no tienes protección de la familia Pesci- - ¿Emm? - No sé de qué habla y tampoco sé que contestar. – Raquel, Nero tenia gente protegiéndote, ha pasado algo, algo has hecho que le ha cabreado y ha dejado de enviarte protección. Le han visto contigo, tiene muchos enemigos. No estas segura. - Eva parece que se preocupa por mi de verdad. La juzgué mal. - Acabo de pedir vacaciones, pensaba irme mañana. - No puedo decirle lo que ha pasado, no quiero que piense que me acuesto con cualquiera. – Mejor vete hoy. Te paso a buscar al trabajo en media hora. –Cuelga y pido a mi jefa salir antes, no le hace gracia, pero alego que es de vida o muerte (la mía concretamente) y me da permiso. Eva, como ha dicho está en la puerta al salir, me acompaña hasta el portal de mi casa y subo, hago la maleta y le explico a mi madre que me voy unos días a ver a los tíos del pueblo, que están mayores y quiero dejarles todo arreglado para el invierno. Se extraña un poco de un viaje repentino, pero no dice más. Me despido de ella y de gatito. Bajo y meto la maleta en el maletero de mi coche, Eva está al otro lado de la calle. Me monto en mi coche y me pongo en marcha. El coche de Eva me siguió unos cien kilómetros, a esa distancia una llamada entró por el altavoz de coche. Era ella. –Nos hemos asegurado que no te siga nadie. Cualquier cosa me llamas. Suerte. - Cuelga y yo sigo mi camino. De normal suelo ir muy feliz, pero me siento triste y derrotada. Estoy huyendo. Han pasado tres días, estoy hecha una bola en el sillón orejero verde de la casa de mis tíos, en el pueblo, con los ojos cerrados y deseando que todo acabe. Con suerte es la última vez que lo veré, y todo acabará aquí. Es mi lugar favorito del mundo. Aquí nadie que no me conozca puede encontrarme, incluso si llegan hasta el pueblo. La pantalla rota del móvil se iluminó y veo el nombre y la foto de Eva. No estaba para nadie, menos para escuchar sus sermones, bastante jodida estaba ya.
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