El hambre le hacía estragos y su cuerpo estaba muy débil ya. Cayó sobre la grama y lloró por la frustración. —Arthur... —balbuceó antes de cerrar sus ojos. (...) —¿Dónde está? —Arthur buscaba desesperado, su habitación estaba desordenada y con las gavetas abiertas. —¿Qué pasó aquí? —Anabela se espantó al ver el desorden. —¿Quién entró a mi habitación? —preguntó con voz temblorosa. No podía creer que la había perdido. —Nadie entra a tu habitación a menos que sea para hacer la limpieza. —Anabela se le acercó y le rodeó el cuello con sus brazos. —Tú acabas de entrar y no vas a hacer la limpieza. —Él suspiró y Anabela buscó su mirada color café. —Solo vine a ver cómo estás, me tienes muy preocupada. —Ella acarició su mejilla con el pulgar. —Estoy buscando algo. —Recuperó

