Colgué el móvil con una mezcla de alivio y nervios. La batalla aún no había terminado, pero con Sofía, su madre y Mario de mi lado, al menos sabía que tenía un par de ases bajo la manga. Cuando regresé a la comisaría, Víctor ya estaba allí. Intentaba consolar a una Mar desconsolada, que sollozaba mientras le contaba lo sucedido en el Pazo. Al verlo abrazarla, acariciarle el cabello y susurrarle que todo estaría bien, que el abogado se encargaría de todo y que Pablo pronto sería liberado, sentí un nudo en el estómago. Una sensación incómoda y molesta me invadió. ¿Celos? No, no puede ser… Yo no soy de esas personas. O eso creía. Sabía que los celos pueden envenenar la vida. Su raíz es la incertidumbre, la desconfianza y el miedo a perder algo. Aunque en mi caso parecía más bien miedo a per

