El día amaneció gris, pero había algo en el aire, una sensación palpable de tensión. El viento soplaba entre los árboles del Pazo, agitando las ramas y llenando el ambiente de un silencio extraño, como si hasta la naturaleza estuviera esperando el gran enfrentamiento. Sabíamos que era cuestión de horas para que las autoridades llegaran. El ultimátum había expirado, y no había más prórrogas. Era ahora o nunca. Las primeras señales de vida comenzaron a llegar justo antes del mediodía. Por un lado, los seguidores de Sofía, una mezcla heterogénea de jóvenes activistas, entusiastas de la historia y modernos guerreros del teclado. A pesar del cielo nublado, todos venían con pancartas, camisetas estampadas y teléfonos en mano, preparados para documentar y retransmitir en vivo cada segundo. Uno i

