Me encontraba en mi cuarto, sumida en un abismo de pensamientos oscuros que parecían devorar cada rincón de mi mente. Las paredes, testigos silenciosos de mi tormento, se cerraban a mi alrededor, y el aire se hacía cada vez más denso. A pesar de que la habitación estaba iluminada por la luz tenue de una lámpara, mi corazón se sentía pesado y atrapado en una oscuridad inquebrantable. ¿Qué he hecho con mi vida? Esa pregunta se repetía interminablemente. Había pasado de tratar de resolver mis problemas financieros a quedar atrapada en un grupo clandestino que traficaba con drogas. Desde la última vez que me había enfrentado a esos hombres, la ansiedad se había convertido en mi compañero más cercano. No solo me asustaba la ilegalidad de lo que estaba haciendo, sino que la sombra de la violenc

