Espero a que el edificio empiece a vaciarse. No porque no pueda buscarla antes, sino porque necesito que el cansancio haga su trabajo, que el día le haya limado las defensas lo suficiente como para que no pueda esconderse detrás de la precisión con la que controla todo. El final de la jornada siempre deja grietas. A mí también me las deja, aunque me empeñe en ignorarlas. La veo salir de su oficina con el bolso colgado del hombro, el paso firme, la expresión cuidadosamente neutra. No mira alrededor. No busca a nadie. Avanza como quien solo quiere cerrar el día y dejarlo atrás. Me interpongo en su camino antes de que alcance el ascensor. —Tenemos que hablar. Se detiene. No hay sorpresa en su rostro. Solo cansancio. —No —responde—. Hoy no. —Hoy sí —digo—. Ahora. Me mira con esa mezcla

