XXXIII

1055 Palabras

Leo.  Suspiro aun tomando su mano. Se siente tan bien que me asusta. Su respiración esta demasiado tranquila, a sus mejillas volvió el color y parece un maldito ángel. No puedo apartar los ojos de ella. Agacho la cabeza porque esa incomoda presión en mi pecho es desesperante. -¿Leo? Me reincorporo de inmediato cuando dice mi nombre como una puta melodía que deseo escuchar todo el tiempo. -¿Cómo estás? Frunce el ceño llena de duda, pero se sienta gimiendo debido al dolor. -Duele un poco pero estoy bien. -¿Hace cuanto que no duermes? Se muerde el labio incomoda. -No lo sé. -¿Hay algo que jodidamente sepas? -Sé que estoy confundida, ¿Por qué no te fuiste? Una pequeña daga se clava en mi estómago. “¿Por qué no me fui?” Ella y yo nos odiamos, naturalmente deseamo

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