—¿Dónde está? —Escucho el gruñido de Pablo desde mi habitación, sus pasos le siguen y luego está aquí, en el marco de mi puerta—. Susana —susurra. Mis ojos se percatan de su estado. Se ve exhausto, su ropa está arrugada, hay bolsas bajo sus ojos y su rostro c arece del color. Sus ojos se encuentras apagados y rojos, además de su tono cansado y rasposo. —Pablo. —Me levanto y corro hacia sus brazos. Los suyos se enredan inmediatamente a mi alrededor y me atraen contra su pecho. Aspiro su aroma y mi cuerpo se relaja un poco, sólo para sentir lo tenso que se encuentra él y para recordarme lo perra y mal agradecida que he sido—. Lo siento, de verdad lo siento. Perdóname. —No tengo nada que perdonarte —responde apoyando su mentón sobre mi cabeza—. Todo esto es mi culpa. —No, no lo es. No deb

