Leah comenzó a temblar por dentro. Respirar le costaba cada vez más trabajo. –De acuerdo –respondió con un susurro–. Pero más te vale que merezca la pena la espera. No hagas promesas que no puedes cumplir. –Nunca, agape. Nunca. La velada continuó con más charlas insustanciales, más champán y más caricias que fueron minando su determinación poco a poco. Para cuando regresaban a la villa, Leah estaba agotada física y emocionalmente. No sabía cómo iba a poder soportar aquel matrimonio. Llevaba solo dos días y creía haber envejecido diez años. Resultaba agotador tener que aferrarse constantemente a su armadura. Con los años, se había convertido en una segunda piel, fácil de llevar. Pero ahora parecía que se aferraba a ella para no morir.Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el asient

