Me encojo de hombros y con paso lento me dirijo a la oficina de mi jefe, después de tocar dos veces me permite pasar. —¿Por qué se tardó tanto? Por un momento pensé que ya se le había olvidado traer mi café —me regaña con el ceño fruncido. —Me había quedado muy caliente y tuve que enfriarlo un poco —me excuso fingiendo estar apenada. —Déjelo en esa parte de mi escritorio, no quiero que se me acerque —lo fulmino con la mirada, pero dado que no levanta la vista de sus documentos no puede verme—. Toda usted es una bomba andante de virus —exclama con un escalofrío—. Es más, no sé ni porque vino a la oficina. —Porque usted me obligo a venir, le hablé a su celular y solo se dedicó a darme órdenes sin escucharme al decirle que quería tomarme un día. —Puede retirarse, pero llévese el portátil

