2.Solo…siente

1028 Palabras
2.Solo…siente POV Skylar El salón 3C estaba escondido al fondo del ala norte del Instituto Lacroix, y tenía más aspecto de galería abandonada que de aula. Techos altos, luz natural filtrándose por ventanales antiguos, y el olor a trementina y papel húmedo que impregnaba el aire como una segunda piel. Yo no pertenecía a este mundo. Lo sabía. Podía sentirlo en cada mirada lateral, en cada voz baja que murmuraba nombres que aún no me aprendía, en cada pincelada segura de quienes se movían como si el arte fuera parte de su ADN. Yo, en cambio, era solo una recién llegada con un pasado arrastrado como sombra. Me acomodé en la esquina del aula, junto a una mesa manchada de óleo seco. Frente a mí, una hoja blanca. Pura. Intimidante. Y entonces escuché la voz. —Buenos días. La clase de dibujo experimental inicia en tres minutos. No se preocupen, no tomaremos asistencia... pero sí nota mental de los rostros que prefieren no participar. Mi corazón se detuvo. Reconocería esa voz en cualquier parte. Grave. Elegante. Irónica sin esfuerzo. Ian. Levanté la mirada. Y ahí estaba. De pie junto al caballete principal, con una camisa negra de lino remangada hasta los codos y pantalones grises que le sentaban como hechos a medida. Su cabello claro estaba ligeramente desordenado, como si hubiera pasado la mañana peleando con sus ideas. No llevaba ningún distintivo, ni gafete. Pero no lo necesitaba. Su presencia llenaba el espacio. Varias chicas —y algunos chicos— enderezaron la espalda. Yo me quedé quieta. Muy quieta. Porque no entendía qué hacía ahí. Porque apenas dos días antes lo había conocido al tropezar con él en el pasillo. Y ese encuentro, breve como fue, me había dejado temblando por dentro. —Hoy dibujaremos cuerpos. Movimiento. Peso. Imperfección. —Se acercó a una de las mesas. —No quiero líneas seguras ni siluetas idealizadas. Quiero carne. Tensión. Vida. Un murmullo recorrió el salón. —Y para eso, necesitamos una modelo. —Dijo, dirigiendo su mirada… directamente hacia mí. Mi estómago se contrajo. —Tú —dijo. Su voz no alzó el tono. Solo bajó la velocidad. —¿Nombre? —Skylar —respondí con más aire que voz. —Skylar. ¿Te molestaría ayudarnos hoy? Mi piel ardió. Los demás voltearon a verme. Curiosos. Algunos con burla. Yo asentí. Porque no sabía decir que no. Porque mis pies ya se movían hacia el centro del aula como si no me pertenecieran. —Quítate el abrigo —pidió, sin rodeos. —Conserva lo que te haga sentir cómoda. Pero necesito ver tus brazos. Tu espalda. Tus líneas reales. Me deslicé fuera del abrigo, quedando con una blusa blanca sin mangas y jeans entallados. Nada sugerente. Pero bajo su mirada, me sentí desnuda. Ian colocó una silla de madera en medio del aula. Me hizo un gesto. —Siéntate. Pero no poses. No pienses. Solo… siente. Me senté. Las manos sobre las rodillas. Los hombros relajados. Los ojos… fijos en él. Y la clase comenzó. El rasgar de los carboncillos sobre el papel llenó el aire. Algunos murmuraban sobre proporciones, otros corregían trazos. Pero yo solo lo miraba a él. Ian caminaba entre las mesas con la autoridad de quien conoce cada centímetro del espacio. Se detenía a observar, corregía con una inclinación de cabeza o una sugerencia apenas susurrada. Pero cuando pasaba cerca de mí… se detenía un segundo más. Solo un segundo. Como si me estuviera dibujando con la mente. Cuando llegó a mi lado, se inclinó, como para corregir la postura de mis hombros. Su mano rozó mi clavícula. Su aliento me rozó el cuello. —Respira más lento —susurró. —Si sigues conteniéndolo, vas a colapsar. Su tono no era cruel. Era íntimo. Como si conociera cada nervio de mi cuerpo sin haberlo tocado realmente. —Lo siento —murmuré. —No lo sientas. Úsalo. No entendí del todo… hasta que lo vi tomar un papel, sentarse frente a mí, y comenzar a dibujarme él mismo. Su lápiz se movía con precisión quirúrgica. Miraba, bajaba la vista, volvía a mirar. Y cada vez que sus ojos se encontraban con los míos, algo se encendía dentro de mí. Algo prohibido. Estaba siendo observada. Desarmada. Escrutada como jamás antes. Y me gustaba. No por vanidad. Sino porque por primera vez alguien me estaba viendo completa. Con mis miedos, mi contención, mi sombra… y aun así, seguía dibujando. —Cinco minutos más —anunció él. —Quiero tensión en los trazos. Nada perfecto. Todo humano. Mi respiración era ya un temblor contenido. No por el esfuerzo de posar, sino por él. Porque podía sentir su energía a través del lápiz. Y porque no sabía cuánto más podía resistir. Al terminar la clase, los estudiantes comenzaron a guardar sus cosas. Algunos se acercaron a Ian, otros me miraban con una mezcla de celos y curiosidad. Yo no me moví. Me quedé en la silla, con los brazos cruzados sobre el pecho, el corazón martillando. Ian se acercó de nuevo. Me ofreció su dibujo, doblado. —Para ti —dijo. —No es el mejor, pero es… honesto. Lo tomé entre mis manos. La hoja estaba caliente. Y cuando la abrí, me quedé sin aliento. No era solo un retrato. Era un mapa emocional. Me había dibujado encogida, como si estuviera defendiéndome de algo invisible… pero con los ojos abiertos. Desafiando. Viviendo. —Así es como te vi —murmuró. Lo miré. Y supe que si no salía de ahí en ese instante, iba a romper algo. —Gracias —dije, doblando el papel con cuidado. —No me des las gracias, Skylar. A veces… lo que uno ve en otro, es lo que uno también necesita mirar en sí mismo. Me alejé con pasos lentos, sin girar. Pero sentía su mirada en mi espalda. Como si me estuviera esculpiendo en la memoria. Esa noche no dormí. Doblé el dibujo una y otra vez, como si con cada pliegue pudiera entenderlo mejor. Y no supe si llorar o sonreír. Porque acababa de llegar al lugar más inesperado del mundo… Y ya había alguien que empezaba a verme de verdad.
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