12.¿Y si me enamoro de ti?

2561 Palabras
12.¿y si me enamoro de ti? POV Skylar Cuando regreso a clases por la tarde, me cuesta concentrarme. La idea de mudarme retumba como eco suave pero persistente. No por el cambio en sí, sino porque siento que algo dentro de mí se está moviendo. Como si este paso, pequeño en apariencia, me empujara a dejar atrás más de lo que imaginaba. Al salir, el cielo está encapotado, pero no llueve. Solo esa amenaza gris que cuelga sobre la ciudad, como si el clima también estuviera en pausa, esperando mi respuesta. Camino hasta el edificio de los dormitorios. No tengo llave todavía, pero Elisia me dijo que podía visitarlo para ver la habitación. Me acerco a la entrada. Noémie aún está en clase. Elisia me espera en la puerta, con una sonrisa tenue y un aire nostálgico. —¿Lista para el tour? —pregunta. —¿Lista? No sé. Pero curiosa, sí. Subimos por una escalera alfombrada en tonos azules hasta el tercer piso. Los pasillos están en silencio, salvo por algún eco lejano de risas. Me muestra una habitación con dos camas, dos escritorios y una ventana enorme desde la que se ve parte del campus. La luz entra suave, tamizada por una cortina blanca. Todo huele a madera nueva y a ese aroma indefinible de los lugares recién abandonados. —Cuando llegué, me tocó estar sola. No muchos estudiantes se quedaban. Pero yo vengo de una zona rural, así que no tenía otra opción. Pero a veces, la soledad puede ser más dura de lo que pensamos. Sus palabras me tocan por dentro. La entiendo…por supuesto que la entiendo. Elisia acaricia el borde del escritorio con una sonrisa melancólica. —Luego Noémie llegó, y fue como si el silencio dejara de ser opresivo. Es… una buena compañera. —Lo sé. Es intensa, pero auténtica. —Y tú la tranquilizas. Son una dupla extraña, pero funciona. La miro con curiosidad. No me lo había planteado así, pero… tiene razón. Yo pongo los silencios, ella la risa. Yo la pausa, ella el impulso. —¿No la extrañarás? —pregunto. —Sí —admite. —Pero creo que las personas aparecen en nuestras vidas con una cadencia que a veces no entendemos, y otras, simplemente hay que dar un paso al costado. No se trata de quedarse. Se trata de no impedir que otros encuentren su lugar. La frase me atraviesa de forma inesperada. Como si no solo hablara de Noémie… sino que de alguna manera, tocaran algo en mí. —No te preocupes…la cuidaré bien por tí. Por ambas. Nos abrazamos con suavidad. Hay algo íntimo y profundo en esa despedida no dicha. Luego, Elisia se va, dejándome sola en la habitación. ***** A la hora de la salida, camino por los pasillos del Instituto intentando recrear el mejor escenario posible para hablar con mi tío. He ensayado mentalmente mil veces las palabras: que necesito espacio, que estoy creciendo, que mudarme no significa alejarme de él, sino acercarme a mí misma. Pero cuanto más lo pienso, más dudas me asaltan. Voy tan absorta que no veo venir la figura que se interpone en mi camino hasta que una mano cálida atrapa mi muñeca con suavidad. —Si no te fijas, vas a caerte —dice una voz grave, familiar. Me sobresalto, y en cuanto levanto la mirada, mi mundo se tambalea. Ian. Su sonrisa tiene ese efecto desarmante que odio y adoro al mismo tiempo. Pero esta vez, mis mejillas se tiñen de un rojo más profundo. La imagen de los labios de León sobre los míos aparece sin permiso, y la incomodidad me hace desviar la mirada por un segundo. —¡Ian! Hoy no viniste a clase… —digo, intentando sonar casual, aunque su ausencia me pesó más de lo que quisiera admitir. Él ladea la cabeza, divertido, y su sonrisa se vuelve aún más encantadora. —¿Me extrañaste, ninfa? —¿Ninfa? —pregunto, confundida, pero curiosa. —Con ese cabello rojo y esos ojos que parecen esconder secretos, solo puedes ser una ninfa… de esas que hechizan a los hombres sin proponérselo. Mi estómago da un vuelco. ¿Cómo logra decir esas cosas sin pestañear? —¿Puedes acompañarme a tomar algo? —pregunta, como si fuera la propuesta más natural del mundo. —Y-yo… creo que no puedo. Tengo algo importante que hablar con mi tío —respondo, tratando de mantener el equilibrio emocional. Él enarca una ceja, intrigado. —¿Algo del instituto? Asiento, sin poder sostenerle la mirada demasiado tiempo. —Sí… quiero comentarle que me gustaría mudarme a las residencias. Está a punto de desocuparse un lugar en el dormitorio de Noémie, y sería lindo vivir juntas. Elisia también estará cerca… y siento que… es el momento. Por un segundo, su expresión cambia. Sus ojos se iluminan, y una sonrisa, de esas que no se pueden fingir, se dibuja en su rostro. —Eso sería maravilloso… —susurra, acercándose un poco. —Tendrías más libertad para… Se interrumpe a sí mismo, como si hubiera dicho demasiado. Hay una tensión en el aire, una energía apenas contenida, y yo me siento atrapada entre sus palabras y mis pensamientos. ¿Libertad para qué, Ian? —Entonces —dice tras una pausa, retomando el control—, déjame llevarte a casa. Vamos, ve a la parada. Te recojo ahí. No me da tiempo de responder. Se gira con naturalidad y camina hacia el estacionamiento con ese paso seguro que lo caracteriza, dejándome allí, inmóvil, procesando lo que acaba de pasar. Su voz aún resuena en mis oídos. Su sonrisa persiste en mi memoria. Y por dentro, algo me dice que cruzar ese umbral —el de mudarme— es también abrir la puerta a todo lo que podría pasar con él. Y con lo que siento. Aunque todavía no me atreva a nombrarlo. ***** El trayecto hasta la parada se me hace eterno. Cada paso está cargado de preguntas, de anticipación. Me acomodo el abrigo como si eso pudiera apaciguar el cosquilleo en mi piel, como si pudiera contener todo lo que vibra en mi interior desde que Ian me tomó de la muñeca. Cuando su coche se detiene frente a mí, ni siquiera lo pienso. Subo sin dudar. Y cuando cierro la puerta, el silencio entre nosotros es cómodo… hasta que él lo rompe con su voz serena. —¿Estás nerviosa? —¿Por qué lo estaría? —Tiemblas como un pequeño ciervo. En ese momento toma mi mano, como si intentara calmarme de algo que no sé que es. Me mira de reojo, sin apartar la vista del camino. Cuando llegamos a mi casa, no me bajo de inmediato. Ian apaga el motor, pero no hace el menor intento de irse. Me observa con calma, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. —¿Qué pasa? —pregunto. —Quiero preguntarte algo. Pero si me dices que no, lo aceptaré. Mi corazón empieza a latir más rápido. Me aferro al bolso, nerviosa. —Pregunta. —¿Puedo tocarte? No es una insinuación vulgar. Es un susurro cargado de respeto… pero también de deseo contenido. No sé qué responder. No me muevo. No parpadeo. Él extiende la mano y acaricia un mechón de mi cabello, deslizándolo entre sus dedos. Lo hace con una delicadeza que me rompe. Luego, la yema de sus dedos recorre mi mejilla hasta llegar al mentón. Me sostiene con suavidad, como si temiera que me deshiciera en sus manos. —¿Por qué haces esto conmigo? —pregunto sin aliento. —Porque quiero enamorarte —susurra. —Porque nunca había sentido esto con nadie. Y porque cada vez que te miro, todo en mí se inclina hacia ti. Una parte de mí quiere huir. La otra, la más honesta, solo desea cerrar los ojos y dejarme caer. Pero no los cierro. Lo miro. Lo dejo verme. Y aunque mi cuerpo tiembla, no me alejo. Ian acerca su rostro con lentitud. No hay prisa. Solo necesidad. Sin embargo, otros labios pasan por mi cabeza. Estoy mal…estoy muy mal. Pero no me aparto. No quiero. Nuestros labios se rozan. No se besan aún. Se tantean, se reconocen. Y cuando por fin me besa, no es un beso de fuego ni de urgencia. Es un beso de promesa. De esos que no piden permiso, pero ofrecen hogar. Mi mano va a su nuca. Su otra mano reposa en mi cintura, pero no sube, no baja. Solo está. Sosteniéndome. Sintiéndome. El beso se vuelve más profundo. Más cálido. Más real. Cuando por fin nos separamos, me quedo sin aliento. —¿Y si me enamoro de ti, Ian? Él sonríe. —Entonces haré todo para que no te arrepientas. ***** Esa noche, cuando regreso a casa, el olor de algo delicioso me da la bienvenida incluso antes de cerrar la puerta. Mis fosas nasales se llenan de un aroma cálido, como a jengibre salteado, mantequilla dorada y especias suaves que me transportan a otro tiempo. —¡Llegas justo a tiempo! —exclama la voz alegre del tío Frank desde la cocina. Me quito el abrigo y dejo la bufanda colgando de un gancho. Camino directo hacia donde está él, guiada por el sonido de los sartenes y la música instrumental que suena de fondo. Cuando entro, lo veo de espaldas, haciendo girar con destreza unas verduras en un sartén. Luce un delantal n***o con bordes dorados y una espátula de madera en la mano. Por un instante, me detengo a observarlo. Hay algo nuevo en él… algo más ligero. —¿Sabes cocinar? —pregunto, dejando mi mochila sobre una de las sillas altas de la isla central. Me siento con las piernas cruzadas, divertida al ver cómo da una vuelta perfecta a los vegetales, como si lo hubiera hecho toda la vida. —¡Por supuesto que sé cocinar! —responde con una sonrisa amplia. —Tu madre se encargó de ello. Su voz se suaviza tras mencionar a mi madre. Un breve silencio se cuela entre los dos. No es incómodo, pero sí denso. Nunca estuvimos los tres juntos. Ni siquiera tengo una imagen mental de eso. Pero por primera vez, pienso que hubiera sido lindo. —Pero hay un motivo especial para esta cena —añade mientras apaga el fuego y deja la sartén sobre un salvamanteles. —Skylar, cariño… Jovana está embarazada. Parpadeo. Me toma un segundo procesarlo. —¿En serio? —Sí. —Asiente con una emoción contenida en los ojos. —Y esta noche vendrá a casa. Vamos a vivir los tres juntos. Quería contártelo primero… ¿Te da gusto? Me levanto sin pensarlo y camino hacia él. Mis brazos rodean su torso con espontaneidad. Sí, en verdad estoy feliz por él. —¡Por supuesto que me da gusto! —digo con sinceridad. —Ya era hora de que inicies tu propia familia. Además… no te estás haciendo más joven. Él suelta una risa profunda y me da un golpecito cariñoso en la cabeza. —Chiquilla irrespetuosa… Últimamente, nuestros contactos físicos han aumentado. Abrazos. Palmaditas. Risas compartidas. El hielo que alguna vez nos distanció poco a poco se ha ido derritiendo. Y ahora, por primera vez, me siento parte de algo que parece… hogar. —Por cierto… —digo, retomando asiento en la isla— hay algo que quería comentarte. Y creo que este es un buen momento. Mi tío se seca las manos con el delantal, se lo quita y se recarga en la barra, mirándome con atención. —Te escucho. —Quería preguntarte si no tendrías inconveniente en que me mudara a las residencias del instituto. Su ceja derecha se arquea con curiosidad. —¿Vivir en el instituto? ¿Tú sola? Río ante su expresión de asombro, y niego con la cabeza. —No, no sola. Viviría con Noémie. Su compañera de cuarto se mudará a otra área exclusiva para estudiantes de danza, y me ofrecieron su lugar. El semestre ya está pagado, así que no representa un gasto extra. Pensé que podría ser una buena oportunidad para tener un poco más de independencia… y también para que tú tengas más privacidad con Jovana. Él se queda callado. Sus dedos tamborilean sobre la barra de mármol mientras me observa en silencio. Hay emoción en sus ojos, pero también una sombra de nostalgia. —No tienes que hacer eso por mí, Sky —dice al fin. —No quiero que sientas que te estoy desplazando. —No lo hago solo por ti —respondo, más honesta de lo que esperaba. —También lo hago por mí. Necesito saber cómo me siento teniendo mi propio espacio. A veces tengo la sensación de que estoy viviendo en pausa… esperando a que algo me empuje hacia la vida real. No quiero seguir esperando. Las palabras quedan suspendidas en el aire. No sé si fui demasiado directa. No sé si sonó como una crítica. Pero no me retracto. Él se aparta de la barra, camina hacia mí y, en un gesto que se siente más fuerte que cualquier discurso, apoya su mano en mi cabeza y deposita un beso tierno en la coronilla. —Si eso es lo que necesitas, adelante —murmura con cariño. —Pero esta siempre será tu casa, ¿sí? Asiento. Con un nudo en la garganta que no es tristeza, sino algo más. Algo que se parece al orgullo. A la libertad. —Gracias, tío Frank. —¿Y cuándo planeas mudarte? —La próxima semana. Noémie quiere que nos instalemos antes de que inicien los proyectos finales. Dice que así podremos apoyarnos mutuamente y… bueno, a mí me gustaría intentarlo. —Entonces —dice con una sonrisa torcida—… tendremos que hacer una segunda cena especial. Una despedida. Pero sin llanto, ¿eh? —Sin llanto —prometo, aunque ambos sabemos que probablemente no será así. Él se gira para continuar con la cena, y yo lo observo en silencio mientras termina de emplatar. Hay algo hermoso en ver cómo la vida cambia sin que lo notemos de inmediato. Un día estás sola. Al siguiente, compartes la mesa con alguien que ya no es solo familia, sino también refugio. Y al fondo, muy en el fondo, una certeza crece: estoy lista para abrir mis alas. ***** Días después, hago la maleta con calma. No empaco todo, solo lo esencial. Porque, aunque parece un pequeño paso, para mí significa un movimiento simbólico. Elegir, con mis propias manos, el espacio que ocuparé. Al llegar al departamento,, Noémie salta de alegría al verme llegar con mi maleta y una caja. —¡Sabía que dirías que sí! —grita, abrazándome sin filtro. Su emoción es tan contagiosa que me echo a reír. —Me convencieron. Aunque me debes pizza por un mes. —Trato hecho. El cuarto no es grande, pero está lleno de detalles: pósters en la pared, una lámpara de lava, cojines multicolores. Elisia ya se llevó algunas cosas, pero dejó otras con intención: libros, un tapiz suave, una planta en la repisa. —¿Puedo mover lo que quiera? —pregunto, dejando mis cosas. —¡Es tuyo ahora! Me siento en la cama que ya es mía. Es cómoda. Por fuera, nada cambia radicalmente. Pero por dentro… algo se acomoda.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR