Lo miré fijamente a través del cristal empañado, y él, captando mi intención en el lenguaje mudo de mis ojos, no dudó ni un instante. Me cargó en sus brazos como si no pesara nada y entró conmigo bajo el chorro caliente y torrentoso. Envolví su cadera con mis piernas y, con mis manos guiándolo, lo llevé hacia mí. Su entrada fue tan fácil, tan perfecta y familiar, que un gemido gutural escapó de ambos labios, perdiéndose en el ruido del agua. Nos fundimos en un abrazo acuático, con besos salados por el sudor y las lágrimas no derramadas, y manos que resbalaban sobre pieles mojadas, buscando un punto de apoyo en el otro. Mientras yo me movía sobre él, cabalgando el ritmo salvaje de la pasión que el agua multiplicaba, él me sostenía con una fuerza que era a la vez protección y dominio absoluto. Sus brazos, su espalda ancha, cada centímetro duro y masculino de él comenzaba a gustarme de una manera alarmante, íntima y profunda. Estaba perdiendo la batalla no contra él, sino contra mí misma.
Dylan me llenó por completo, no solo físicamente, sino ocupando un espacio en mi alma que había jurado mantener vacío.
—Alaïa —jadeó, separando su boca de la mía por un instante, sus ojos buscando los míos a través de la cortina de agua—. ¿Qué estás haciendo conmigo?
Sus palabras, cargadas de una confusión genuina que reflejaba la mía, me atravesaron como un dardo envenenado. Antes de que pudiera responder, encontrar una mentira o una verdad, me bajó y me dio otro beso, lento, profundo y desesperado, que sabía a promesas rotas y a una perdición que ya no me importaba. Nos miramos entonces, bajo la cascada artificial, y por un instante fugaz, infinitesimal, vi algo en la profundidad de sus ojos que no era lujuria, ni posesión, ni el fuego controlado del deseo. Era algo totalmente diferente, más profundo, más vulnerable, un destello de la persona que podría haber sido, o que quizá solo era, bajo todas las capas de poder y arrogancia. Y fue ese destello, real o producto de mi propia y febril imaginación, lo que me impulsó a acercarme yo misma a él, a sellar sus labios con los míos en un acto de rendición que no supe si era mío o suyo.
Salimos de la ducha envueltos en vapor y un silencio cargado de cosas no dichas, de preguntas que colgaban en el aire húmedo. Él me envolvió en una toalla suave y esponjosa, con un cuidado que contradecía la ferocidad de minutos antes, y luego buscó el secador.
—Vamos a secarte el pelo —dijo, y su voz era calmada, domesticada. Yo, hechizada por la extraña normalidad del momento, permití que me guiara hasta el taburete de cuero.
Mientras sus dedos, inesperadamente delicados, recorrían mi cuero cabelludo con una ternura hipnótica, yo me apliqué crema en el cuerpo, observando su reflejo en el espejo ya despejado. Estaba concentrado, absorto en la tarea, como si secar cada mechón de mi cabello fuera el acto más importante del mundo en ese preciso instante. La visión era tan doméstica, tan íntima y alejada de todo lo que éramos, que me hizo sonreír contra mi voluntad, un asomo de luz en la penumbra de mi confusión.
—Supongo que a todas tus conquistas haces lo mismo —solté, la frase saliendo como un acto de autodefensa, para pinchar la burbuja, para recordarnos a ambos la realidad de quién era él.
—No —respondió él, sin levantar la vista de su tarea, su voz grave y serena, sin rastro de la habitual arrogancia—. Esto es demasiado privado para hacerlo con cualquiera.
"Demasiado privado". Las palabras resonaron en el aire cargado como una bofetada de realidad. Pero no te importó traer a una procesión de mujeres a tu cama mientras yo dormía—o pretendía dormir—justo abajo, en la habitación de invitados. El recuerdo fue un golpe bajo, envenenado y frío. Dylan debió notar el cambio instantáneo en mi postura, el frío que súbitamente me recorrió a pesar del calor de la habitación, cómo mi sonrisa se desvaneció.
—Hey —dijo, apagando el secador. Su mano vino a mi hombro, girándome ligeramente hacia él—. Deja de pensar en el pasado. Estamos haciendo esto desde cero. Es como si fuéramos novios y nos estuviéramos conociendo.
—Está bien —logré decir, ahogando el rencor y la desconfianza en lo más hondo de mi garganta, sabiendo que era una mentira necesaria para sobrevivir a la noche.
—Ya está —anunció, pasando sus dedos por mi melena ahora seca, suave y sedosa—. Ahora es mi turno.
Le sequé el pelo a mi vez, en un silencio que era a la vez tenso y cómplice, un frágil puente tendido sobre el abismo que nos separaba. Al salir del baño, comencé a recoger mecánicamente la ropa esparcida por la habitación, un campo de batalla silencioso de nuestra lujuria. Encontré mis bragas y mi brassier, y la idea de volver a ponérmelos, de reconstruir esas barreras, me resultó de repente absurda
—No vas a dormir con ropa —declaró él, saliendo del baño en toda su gloriosa y despreocupada desnudez—. Dormiremos desnudos. Ven.
Como un imán, obedecí. Me deslicé entre las sábanas de seda negra, que olían limpias y a él, y me acomodé de espaldas, creando una barrera invisible de unos centímetros entre nuestros cuerpos.
—Así no —murmuró, acercándose para atraerme hacia él con suavidad pero sin opción a rechazo. Cuando mi espalda tocó su pecho cálido, hizo que girara la cabeza y me dio un beso suave, casi casto, en los labios—. Esta postura es por si despierto con la necesidad imperiosa de tenerte encima de mí.
Y entonces, apagó la luz, sumiéndonos en una oscuridad solo rota por los tenues reflejos de la ciudad a través de las ventanas. Yo cerré los ojos, sumergiéndome en una negrura donde solo existían el calor envolvente de su cuerpo, el sonido de su respiración y el eco de sus palabras, preguntándome si, tarde o temprano, me lamentaría amargamente de haber cruzado esta línea de no retorno.
Unas caricias persistentes, como alas de mariposa nocturna sobre mi piel, me arrancaron de las garras de un sueño intranquilo. Abrí los ojos, desorientada en la penumbra gris del amanecer, hasta que el recuerdo de la noche anterior cayó sobre mí como un manto de plomo. Estaba boca abajo, mi cabello cubría mi rostro como un velo desordenado, y Dylan estaba a mi lado, tan cerca que podía sentir el latido calmado de su corazón contra mi espalda. Mi mano, como si tuviera voluntad propia, descansaba sobre su sexo, que ya estaba erecto y palpitante, una demanda silenciosa y urgente en la quietud matutina.
—Me encanta despertar así, cariño —su voz, ronca y grave por el sueño, hizo que algo en lo más profundo de mi interior se estremeciera de puro y simple deseo—. Móntame.
No lo pensé. No hubo espacio para la duda. Aparté las sábanas con un movimiento brusco, liberándonos del último velo, e hice lo que me pedía. Me subí a él, colocándome sobre sus caderas, y me deslicé hacia abajo con una lentitud exquisita y tortuosa, permitiendo que cada centímetro de su erección me llenara, me reclamara, me poseyera de nuevo.
—Sí, cariño, así —su voz era un susurro ronco que se mezclaba con el ritmo de nuestros cuerpos—. Exactamente así.
Y, en ese instante, a pesar de la guerra que libraba mi conciencia, me sentí en el paraíso. Un paraíso prohibido, construido sobre los cimientos de la traición y el deseo más oscuro. Esta vez, era yo quien guiaba la danza, quien marcaba el compás de nuestra lujuria. Cada movimiento mío era una afirmación de un poder que no sabía que tenía sobre él, y cada gemido suyo, una rendición que resonaba más hondo que cualquier palabra de amor. Fue una unión brutal en su intensidad, un choque de almas y cuerpos que transcendía lo meramente físico. Un gruñido gutural, primitivo, se escapó de lo más profundo de su garganta, y sentí el calor de su esencia liberándose dentro de mí, un éxtasis que me poseyó por completo, haciendo que cerrara los ojos para sumergirme en la oscuridad placentera que me ofrecía, sabiendo que era un abismo del que sería difícil escapar.
—Si así son mis mañanas —logró decir entre jadeos irregulares, su pecho, sudoroso, palpitando contra el mío—, quiero despertar a tu lado siempre. Cada maldito día de mi vida.
El peso de sus palabras, tan cargadas de una posesividad que pretendía ser ternura, se posó sobre mi pecho con más fuerza que su propio cuerpo. No dije nada. ¿Qué podía decir? Mi mirada, evasiva, buscó un ancla en la realidad y se posó en el reloj de la mesita de noche. Las agujas marcaban casi las nueve. Un escalofrío de pánico me recorrió la espina dorsal. La realidad, con sus obligaciones y sus lealtades divididas, llamaba a la puerta.
—Será mejor que me apure —murmuré, intentando desprenderme de su abrazo con una reluctancia que me delataba.
A regañadientes, intenté separarme, pero su brazo, firme como un grillete de acero, se cerró alrededor de mi cintura, impidiendo mi huida.
—¿Qué pasa? —preguntó, y su tono era suave, pero su agarre no dejaba lugar a dudas.
—Ya casi son las nueve. Debo regresar —mi voz sonó débil, incluso para mis propios oídos.
—Esas reglas son obsoletas —declaró, con la arrogancia de quien está acostumbrado a reescribir la realidad a su antojo—. Yo te llevaré a casa. Ahora ven aquí.
Me arrastró de vuelta hacia él, sin contemplaciones, y me acomodó sobre su pecho. El calor de su piel se fundía con la mía, una reconfortante y peligrosa ilusión de hogar. Por primera vez, en medio de aquel caos, me sentí genuinamente deseada, y lo que era más aterrador, casi amada. Era una sensación adictiva, un veneno dulce que se filtraba en mis venas y amenazaba con paralizar mi voluntad.
—Escúchame bien, Alaïa —sus dedos trazaron círculos lentos en mi espalda, un contraste hipnótico con la firmeza de sus palabras—. Se acabó lavar sábanas, se acabaron las citas protocolarias cada quince días. Estoy cansado de esperar entre rendija y rendija para verte. De ahora en adelante, esto es real. Seremos una pareja. Tendremos citas de verdad. Hablaré con tu familia y haré que me acepten. —Hizo una pausa, y su mirada se oscureció ligeramente—. Soportaré que trabajes con Bastián, porque aparentemente es lo que quieres, pero que quede absolutamente claro, para él y para el mundo entero: eres mi esposa. —Sus ojos se clavaron en los míos, buscando una rendición total—. ¿Trato?
El corazón me latía con tanta fuerza que creí que podría oírlo. Él no proponía; estaba dictando los términos de nuestra nueva y distorsionada realidad.
—¿Podemos ir más lento? —supliqué, sintiendo cómo el pánico empezaba a ahogarme—. Esto es… demasiado.
—No —cortó, secamente—. No, Alaïa. La única concesión que te daré es la libertad de que estés con tu familia. Pero de verdad quiero que estés aquí. Que te mudes conmigo. Para siempre.
—¡Son tantas cosas, Dylan! —estallé, apartándome un poco para poder mirarlo a los ojos—. Esto me abruma, me confundes. No sé quién eres realmente. Un momento eres increíblemente brusco, al siguiente terriblemente tierno, y no me cabe la menor duda de que en cualquier momento volverás a ser el Dylan Walker que todos temen, el que no duda en pisotear a quien se interponga en su camino.
Él guardó silencio por un momento, y un suspiro profundo, casi de derrota, escapó de sus labios.
—Pero contigo a mi lado —confesó, con una vulnerabilidad que me dejó sin aliento— es como si me calmaras. Como si la tormenta en mi interior encontrara, por fin, un poco de paz.
—No sé —susurré, volviendo la mirada hacia la ventana, hacia la ciudad que parecía tan lejana y ajena a mi conflicto interno.
—Entonces lo aprenderás —afirmó, su voz recuperando parte de su acero característico, pero matizado con una determinación que sonaba distinta—. Te demostraré que puedo ser el mejor esposo para ti, Alaïa. Aunque me lleve toda una eternidad lograrlo.
Quizás sus palabras eran ciertas. Quizás en aquella confesión había un atisbo de una verdad que ni siquiera él comprendía por completo. Pero yo seguía inquieta, un nudo de dudas y temores apretándose en mi estómago. Porque en mi mente, nítida e implacable, estaba la imagen de Bastián. Su promesa de refugio, su amor constante que ahora yo estaba traicionando en la cama de mi peor enemigo, o quizá, de mi más ardiente obsesión.
El triángulo se cerraba alrededor de mi cuello, y cada vértice tiraba de mí hacia un destino diferente. Necesitaba tiempo. Tiempo para respirar, para pensar, para decidir qué demonios debía hacer con mi vida, con mi corazón fracturado.
Finalmente, con una voz que era poco más que un suspiro cargado de incertidumbre, le di la única respuesta que podía dar en ese momento de caótica claridad:
—Lo pensaré.