Alaïa
El sueño había sido profundo y pesado, un manto de algodón que me aisló del mundo hasta bien entrada la mañana. Cuando por fin abrí los ojos, el sol de las Bahamas se colaba a raudales por las persianas, pintando la villa de oro. Desde el balcón, el mundo parecía una postal perfecta: el mar un azul infinito, la arena blanca e implacable. Y a lo lejos, junto a la orilla, la silueta elegante de un altar floral para una boda. Un puñal de melancolía se clavó en mi costado. Yo también, en algún rincón naíf de mi mente, había fantaseado con ese día: un vestido de sirena, promesas susurradas, miradas que lo dicen todo. Pero mis fantasías siempre terminaban chocando con la cruda realidad de mi libreta de gastos. La felicidad, para mí, tenía un precio que aún no podía pagar.
Diana, mi sol personal, irrumpió en la habitación como un torbellino de energía.
—¡Arriba, dormilona! Hay sol que atrapar y un mar que exige ser disfrutado. Y tú, vas a lucir ese bikini aunque te dé vergüenza.
—Ya sabes que no —me quejé, encogiéndome instintivamente. Mi cuerpo, delgado y sin las curvas voluptuosas que parecían exigir las revistas, siempre me hizo sentir como una adolescente eterna, incompleta.
—¡Tonterías! —exclamó, arrojándome la prenda—. Aquí solo estamos el mar, el sol y tú. Deja de complicarte la vida. ¡Vamos!
A regañadientes, la seguí. Caminamos por la playa, y no pude evitar detenerme ante el altar. Las flores blancas mecidas por la brisa marina olían a jazmín y a promesas vacías. Soñé despierta por un instante, hasta que un grito desgarrador cortó el idilio.
—¡Se cancela! ¡Todo! ¡La boda está cancelada! —Una mujer, elegantísima a pesar de la furia que distorsionaba sus facciones, gritaba instrucciones a un grupo de staff aterrado—. ¿Y qué le diremos a la prensa? ¡Que hagan su maldito trabajo y contengan esto!
La reconocí al instante. Laura Walker. La misma mujer a la que había visto en la estación de policía cuando era una niña, dando un discurso feroz en alguna gala benéfica. Una leyenda. Un ícono de poder. En ese momento, envuelta en ira, era aún más intimidante. Un deseo absurdo de acercarme, de pedirle consejo sobre la vida, me recorrió. Pero la furia que emanaba de ella era un campo de fuerza letal. Me alejé rápidamente, sintiendo el latido de mi corazón en la garganta.
Encontré a Diana ya tendida al sol, con un cóctel tropical en la mano y los ojos cerrados detrás de sus gafas de sol. La playa estaba casi desierta. Con un suspiro de rendición, me quité el short y corrí hacia el agua. La frescura fue un shock delicioso. Me sumergí, dejando que el silencio salado me envolviera.
—El agua está perfecta, ¿verdad? —Una voz masculina, grave y como seda, sonó justo detrás de mí.
Me giré, sobresaltada. Él estaba allí, semisumergido, el agua resbalando por un torso que parecía esculpido a mano por algún dios clásico. Era el hombre del lobby. De cerca era… devastador. Ojos del color del mar profundo, que parecían ver a través de mí. Cabello n***o como el azabache pegado a su frente. Una sonrisa que no llegaba a esos ojos fríos, pero que prometía pecados inimaginables. Un ángel caído, peligroso y obscenamente atractivo.
—Debe ser maravilloso vivir aquí —logré balbucear, sintiendo cómo mi piel se erizaba bajo su mirada intensa.
—¿Te gustaría ir a tomar algo? —preguntó, su voz un zumbido low que se mezclaba con el rumor de las olas.
Era la pregunta que siempre recibía y que siempre terminaba rechazando. Pero algo en su tono, en la confianza absoluta que desprendía, me hizo dudar.
—No, gracias. Estoy con alguien.
—Solo es un trago —insistió, y su sonrisa se amplió ligeramente. Era un reto.
—Vale —cedí, traicionándome a mí misma—. Solo uno.
Su sonrisa fue victoriosa, como si hubiera cazado algo exótico y valioso. Le dije a una Diana ya adormilada que iba al bar y le dejé una nota. El error más grande de mi vida.
En el bar, bajo las sombrillas de paja, la luz le daba a sus facciones un aire aún más escultural.
—¿Alaïa? —preguntó, como si ya lo supiera.
—Sí. ¿Y tú?
—Dylan.
Pedí un cóctel extravagante, algo con frutas tropicales y un nombre que no pude pronunciar. Sabía a paraíso y a peligro. Dylan observaba cada sorbo que daba, sus ojos fijos en mis labios.
—¿Te gusta?
—Demasiado —admití, sintiendo un calor extraño que no era solo por el sol.
No quise preguntar. Su coche de edición limitada, su reloj de precio obsceno, su actitud de "soy-tuyo-y-de-todos"… Era el arquetipo del playboy aburrido. Sus chistes eran malos, sus insinuaciones, predecibles. Decidí cortarlo de raíz.
—Bueno, me despido —dije, bajándome del taburete con determinación.
—¿Tan pronto?
—Sí. Un trago, eso acordamos. Y tengo hambre. Fue… interesante.
Me alejé, pero a los pocos pasos, el mundo comenzó a tambalearse. Una náusea repentina. Una pesadez en las piernas. ¿El trago? Volteé y vi a Dylan apoyado contra la barra, pasándose una mano por la frente como si también luchara contra un mareo repentino.
—Creo que… pediré un poco de agua —logré decir.
Y después… nada. Oscuridad. Un vacío n***o y absoluto.
El olor me trajo de vuelta. Café recién hecho. Pan tostado con mantequilla y miel. El remedio de David para todos mis males. Un dolor de cabeza punzante martillaba mis sienes. Y un sonido… un quejido ronco, masculino, justo a mi lado.
¿Un hombre?
Mis ojos se abrieron de par en par. No estaba en mi villa. Las sábanas eran de un hilo carísimo, la habitación, un despliegue de lujo minimalista. Y a mi lado, durmiendo plácidamente, con un brazo sobre su frente, estaba él. Dylan.
Un grito se ahogó en mi garganta. Me incorporé de golpe, y las sábanas se bajaron. ¡Solo llevaba mi ropa interior! ¿Cómo? ¿Qué había pasado?
Mi movimiento brusco lo despertó. Sus ojos azules se abrieron, desenfocados por el sueño, y luego se nublaron de una confusión que reflejaba la mía.
—¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi villa? —preguntó, su voz ronca por la dormida. Luego, sus ojos se enfocaron—. ¿Alaïa?
—¿Dylan? —mi voz era un hilito de terror.
Él se pasó una mano por el cabello, y entonces lo vi. El destello de oro. Un anillo de boda, grueso y simple, en su dedo anular izquierdo.
No. No, no, no.
El mundo se detuvo. Con una mano temblorosa, miré la mía. Y allí estaba. Otro anillo. Más delicado, con una piedra que parecía un diamante diminuto. Frío. Pesado. Como una esposa.
Esto es una broma. Solo pasa en las malditas películas.
—¿Es una puta broma? —logré escupir, mi voz quebrada por el pánico—. Yo… yo no puedo estar casada.
Dylan salió de la cama de un salto, desnudo, glorioso y furioso. Su mirada recorrió mi cuerpo semi-desnudo con desprecio antes de clavarse en mis ojos.
—¿Qué hiciste, Alaïa? —rugió, avanzando hacia mí—. ¿Qué carajos me hiciste?
—¡Lo mismo te iba a preguntar, genio! —repliqué, envuelta en la sábana como una armadura—. Ni muerta me casaría con alguien como tú.
—¿Alguien como yo? —escupió cada palabra con veneno—. Cualquier mujer en este planeta desearía llevar mi apellido.
—¡Pues yo no soy cualquiera! —grité, buscando a tientas una bata—. Arregla este maldito juego y sálgate de mi vida para siempre. ¿Entendido?
Salí corriendo de la villa, con el corazón a punto de estallar. La luz del sol me pareció agresiva, acusadora. ¿Droga? ¿Una broma cruel? ¿Una lección de ese ídolo por rechazarlo?
Encontré a Diana en el lobby, rodeada por el gerente del hotel y dos oficiales de seguridad. Su rostro, pálido y lleno de pánico, se transformó en alivio al verme.
—¡Por Dios, Alaïa! ¿Dónde carajos estuviste? ¡Llevamos horas buscándote!
—Fui al bar… con un hombre… un trago… y después no recuerdo nada —confesé, sintiendo cómo las lágrimas nublaban mi vista.
El gerente, un hombre de rostro compungido, se aclaró la garganta.
—Señorita, anoche… usted contrajo matrimonio con el señor Dylan Walker en nuestra capilla privada. Tenemos toda la documentación en regla.
El suelo se abrió bajo mis pies. Diana y yo nos miramos, paralizadas por el mismo horror.
—¡Pero si aquí está mi nuera! —Una voz como acero cortó la tensión. Laura Walker apareció como una aparición, impecable en un vestido de lino blanco. Su sonrisa era fría, calculadora, y sus ojos me escudriñaron como a un insecto interesante—. Los papeles están firmados y legalizados esta misma mañana. Hoy celebraremos que te uniste a la familia y que, por fin, mi Dylan ha sentado la cabeza.
La sangre se heló en mis venas. No. Esto no podía estar pasando. Yo solo vine de vacaciones. Tengo que volver a casa con mi abuela, con mi hermano, con mi vida. Tengo que despertar de esta pesadilla.
Pero el anillo de oro en mi dedo era real. Y su peso frío era la cadena que acababa de atarme al hombre más peligroso que jamás había conocido.