-Katy Bell-
Después de lo que me parecieron horas de tortura estética, aunque sabia que en realidad habían sido apenas cuarenta minutos, me mire al espejo y me quede sin palabras.
Mis ojos estaban maquillados con un tono claro que iluminaba la mirada, difuminado con n***o en el extremo, dándole profundidad sin endurecerme el rostro. Mi cabello estaba recogido en una cola alta que dejaba caer mis rizos de forma elegante, enmarcando mi cuello y hombros de una manera que jamás había visto en mi.
Sentí un nudo en el pecho.
Por un momento me pregunte como habría sido mi mamá estuviera ahí. Si me habría ayudado a maquillarme, si me habría enseñado algo mas que lo básico: rímel, base y poco mas. Me pregunte si se habría emocionado al verme así y tuve que respirar hondo para que la nostalgia no me venciera.
-Te ves preciosa -dijo Delayra entrando a la habitación con una sonrisa enorme-. Mejor quédate aquí, porque no voy a conseguir ni una sola mirada esta noche por tu culpa.
Rodé lo ojos, aunque no puede evitar sonreí.
-Exageras -respondí, sin dejar de observarme en el espejo.
El vestido resaltaba mis curvas mas de lo que estaba acostumbrada.
Mis amigas siempre decían que era demasiado pequeña para la proporción de pecho que me toco en suerte y que no me iba de cara solo porque mi trasero hacia contrapeso. Yo solo esperaba no tropezar frente a nadie importante.
Las chicas terminaron de arreglarse y estaban hermosas. El maquillaje y el peinado que les hizo la hermana de Delayra parecía sacado de una revista. Yo, en cambio, solo deseaba encontrar algún rincón discreto en la mansión y desaparecer... aunque con el vestido colorido de Delayra eso seria imposible.
Cuando todos estuvieron listos, esperamos la limusina que pasaría por nosotros. El trayecto hasta la mansión de los King duro casi cuarenta y cinco minutos. Desde lejos y a veían los autos formados, uno tras otro, todos esperando entrar. Era evidente que muchos estaban ahí con la esperanza de que sus hijas fueran vistas por el príncipe.
En la escuela nos hablaban de estas cosas: de los bailes, de como las criaturas encontraban a sus compañeros destinados. Siempre me pareció complicado, distinto para cada especie, casi imposible de entender del todo.
Cuando bajamos del auto, el lugar estaba completamente iluminado. Flores blancas brillaban suavemente a lo largo del camino, como si estrellas hubieran decidido florecer en la tierra.
Me detuve a observarlas, fascinada.
-Se llaman Lúmina Alba -dijo Lili, notando mi atención-. A nosotros, los hombres lobo, nos encantan. Nos recuerdan el cielo y que nuestra diosa Luna siempre nos cuida.
Sonrió mientras miraba los arreglos que destellaban a nuestro alrededor.
Al entrar al salón, comprendí porque habían elegido esas flores.
Resaltaban la elegancia del lugar sin opacarlo. Aunque su brillo era tenue, si te acercabas lo suficiente desprendían un aroma delicado, tan relajante que invitaba a sentarse a leer o simplemente respirar.
Quizá por eso no las había colocado cerca de la pista de baile, sino suspendidas en balcones y rincones del salón.
El lugar era tan hermoso que por un instante olvide por completo el motivo del evento. Mientras avanzábamos entre mas invitados, percibí algo distinto: una pequeña luz titilando con un tono diferente al del salón principal.
Sin darme cuenta, me fui separando de mis amigas.
Seguía el brillo hasta un pequeño jardín lateral. Había una banca desde la cual se veía la ciudad extendida bajo nosotros y, mas arriba, la luna en su punto mas alto. brillante y serena.
Pero lo que mas llamo mi atención fue una flor.
Morada.
Emitía un resplandor suave y desprendía un aroma inconfundible a lavanda. Me envolvió de inmediato, trayendo recuerdos inesperados: la señora Kaida ayudándome con mis tareas de matemáticas, diciéndome que ese aroma me ayudaría a concentrarme.
Sonreí sin darme cuenta.
Entonces, alguien carraspeo detrás de mi.
Y salí de mis pensamientos.