Octavia Pasamos el resto de la noche inmersos en la penumbra del campo de batalla, una sinfonía de gemidos heridos y el persistente olor a tierra mojada y sangre. Mis manos se impregnaban con la viscosidad del esfuerzo y la desesperación, mientras Orión desentrañaba las oscuras intenciones de los lobos enemigos. Cada palabra que él pronunciaba resonaba en el aire, teñida de la fatiga que se aferraba a su voz. Su figura, erguida pero tambaleante, evocaba la imagen de un guerrero agotado que persiste en su deber a pesar de la debilidad que lo consume. Mi conexión con él irradiaba su dolor, las costillas heridas resonando en mi propio ser como un eco de su sufrimiento. "Vamos a descansar, mi amor", me conecté con él, intentando aliviar la carga que llevaba. "Aún no puedo, amor", respondió

