CAPÍTULO DIEZ Riley se apoyó contra la mesa vacía, tratando de contener las ganas de vomitar. Se preguntó por qué todo su cuerpo estaba reaccionando de forma tan violenta. Recordó lo que le dijo a Crivaro hace un rato: —Vi c*******s antes. Era cierto; había visto más c*******s que la mayoría de los jóvenes de su edad. Había visto a mujeres muertas atadas con alambre de púas, cuerpos con caras grotescamente maquilladas de payaso y sus propias amigas de la universidad degolladas en sus dormitorios. Lo peor de todo era que hasta vio morir a su propia madre de un disparo en el pecho de niña. No debería ponerse así, ni siquiera por algo tan espantoso. ¿Esta víctima era diferente de alguna forma? «No —pensó Riley—. Para nada.» Aunque esta vez el horror era más visible, todas esas muertes

