EROS Desato la corbata en un movimiento brusco, casi desgarrándola. El aire me quema los pulmones, como si mi cuerpo se negara a aceptar siquiera esa necesidad básica. El dolor en el pecho es constante, una daga que se retuerce con cada segundo que pasa. Las ganas de arrasar con todo el maldito mundo me consumen, alimentadas por un nudo en la garganta que me impide siquiera tragar. Llevo dos semanas en esta espiral de desprecio a mi mismo. Dos semanas sin ella. Dos semanas sin saber si está comiendo bien. Si le están haciendo el café por las mañanas como a ella le encanta. Si cada tarde le preparan su bocadillo preferido. Dos semanas en las que no he regresado a mi piso porque se siente su ausencia. La cama sigue fría, y su perfume, apenas un rastro fugaz, me enloquece. No puedo sop

