EL CAMPUS

1134 Palabras
El timbre del cambio de clase le dio la oportunidad de estirarse para espantar los rastros del mal sueño. Odiaba esa asignatura, pero era obligatoria en este semestre, así que le resultaba imposible evadirla. Su presencia en ella siempre terminaba igual: sumergido en un sueño profundo que a veces era apacible y, en otras, tan malo como el que acababa de tener. Recogió la libreta, apagó la grabadora del celular y guardó el audio con la fecha del día; en casa escucharía la tarea que el maestro Palmer les había asignado. Al menos la rutina de la asignatura era fácil: cátedra, trabajo en casa, evidencia virtual. Bajó las escaleras mientras se colocaba los audífonos; no le interesaban las conversaciones insulsas de sus compañeros y mucho menos interactuar con ellos en los pasillos (ya lo había intentado una vez, y el resultado había sido desastroso). Se cubrió con la capucha de su camibuso, avanzando entre los estudiantes sin tocarlos. Zadkiel no se percató de la mirada del profesor Palmer, tampoco de como lo siguió por el pasillo hasta el aula de la siguiente clase. La prioridad era no toparse con sus acosadores, quería ser tan invisible como el anonimato se lo permitiera y tan inaccesible por su carácter huraño, que nadie quisiera dirigirle la palabra, y menos coquetear con él. Sin embargo, su suerte no daba para tanto. Apenas atravesó la puerta del salón de la profesora Banks, Castello y sus secuaces lo empujaron, arrinconándolo contra la pared en un punto ciego para la cámara del aula. La despreciable sonrisa del líder le hizo rodar los ojos, eso fue suficiente para que el matón ordenara el primer golpe a su estómago. —Parece que no aprendes —siseó Castello—. Te lo repito y sigues cometiendo en mismo error. ¿Acaso no valoras tu vida? Zadkiel tomó aire para recuperar un poco de su arrogancia y mirar a los ojos de Danny Castello. Él era la consecuencia de la interacción con sus compañeros de curso; en especial, por la culpa de la tonta novia de este zoquete, Solace Flórez. —La maldita tarea la dejé en el casillero de Solace, tal como indicaste —repuso lo más tranquilo posible—. Si la zorra de tu mujer no te la dio, no es problema mío. Esta vez el golpe llegó directo al rostro. El sabor de la sangre inundó su boca. La mirada de Castello era fría, pero Zadkiel no desvió sus ojos del rostro del joven castaño, quien hizo una mueca similar a una sonrisa y ordenó al chico que parecía su guardaespaldas, Santiago Guardiola, que fuera contra él. El brillo de la navaja tensó los músculos de Zadkiel, pero no les daría el gusto de suplicar que lo dejaran en paz. Santiago deslizó la punta del arma blanca por su mejilla, descendió por el cuello y se detuvo en la clavícula. Justo cuando se dispuso a enterrarla, la puerta se abrió dando paso al resto del grupo. El aire salió de los pulmones de Zadkiel, relajándolo. Sin duda tenía un ángel de la guarda o demasiada suerte para salvarse de lo que Castello buscaba. Aunque nunca dañaría una parte de su cuerpo demasiado visible, no era la primera vez que ordenaba que lo marcaran; disfrutaba dejar un "recuerdo" en sus víctimas de acoso, especialmente si eran el objeto de deseo de Flórez. Y hablando de alimañas, Solace ubicó a Castello tan pronto ingresó al salón. Con un balanceo cadencioso de caderas, le extendió una carpeta que Zadkiel conocía a la perfección, mientras explicaba el motivo de la demora con una fingida inocencia. Castello se giró, clavando los ojos en Zadkiel. Este solo alzó los hombros, sin importarle si eso bastaba como respuesta para la pregunta no formulada. Lo cierto es que había cumplido al pie de la letra las exigencias del chico más popular de la carrera. Si el imbécil de Castello seguía dándole los trabajos de la universidad a la tonta de Flórez, jamás obtendría el puntaje necesario para solicitar el traslado a la Escuela de Aviación Militar. Por esta única razón Malaver no se opuso al chantaje: con Danny lejos, habría tranquilidad para todos. Se arregló la ropa, sacó un pañuelo húmedo de su camibuso y se limpió la sangre del labio. En ese instante, la voz de la profesora de Historia del Arte, Maya Banks, inundó el aula provocando un chirrido de sillas y el golpe de los cuadernos al ser colocados sobre las mesas. Zadkiel aprovechó el revuelo para dirigirse a la parte posterior del salón, pero no sin antes pasar junto a Danny y susurrarle en tono de burla: —Felicitaciones por obtener la mitad de la nota, recuerda lo dicho por la profe Banks. Zadkiel se sentó al fondo del salón. Abrió la mochila para sacar el celular y un cuaderno donde anotaba las explicaciones de Banks. La docente amaba su catedra y transmitía esa pasión en cada enseñanza. Tras pasar asistencia, pidió a la monitora repartir unos cuadernillos mientras iniciaba la presentación. Las luces del auditorio bajaron de intensidad. De inmediato, el escudo de armas que apareció en la pantalla atrapó la atención de Zadkiel. El texto fotocopiado en sus manos restaba belleza al blasón. Pasó los dedos con delicadeza por las figuras impresas que, en la proyección, relucían a todo color, pero que en el papel eran negras, grises y blancas. De repente, sintió una punzada en su cabeza. La imagen de una bandera ondeando sobre una muralla, un hombre tendiéndole una mano antes del vacío de la caída y su nombre gritado por una mujer. —¡Señor Malaver!¡Zadkiel! La voz de Maya Banks lo trajo de vuelta. Lo observaba como si hubiese hecho algo malo. El aula estaba en silencio; todos lo juzgaban con la mirada. Descubrió que estaba de pie, sin saber en qué momento se había levantado. Tragó saliva, tratando de disimular. —La silla... parece que tiene una pata floja. Yo... —Cámbiese de lugar —cortó la profesora, tajante. Zadkiel se limitó a asentir. Recogió lo que tenía sobre el escritorio metiéndolo con rapidez en la mochila. Alzó la cabeza buscando donde reubicarse. ¡Malhaya sea su suerte! El único asiento libre era al lado del maldito de Castello y la zorra de Solace. Avanzó por el pasillo, se sentó y decidió ignorar la constante vibración del celular de la parejita. Agradeció que la clase fuera interesante y que la guía dada por Banks lo distrajera; sin embargo, muy en su interior, la visión seguía latente. No era la primera vez que le sucedía, pero sí de las más claras. Ya no eran sombras indefinidas. Ahora tenía una prueba de que lo que experimentaba era algo mucho más profundo que el diagnóstico de un trastorno psiquiátrico.
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