CAPÍTULO 24Aquella mañana de sábado me levanté especialmente proactivo. Quería dedicar un par o tres de horas a poner en orden mi preciosa colección de música. Debía de tener no menos de cinco mil piezas entre discos de vinilo y CD. Después llamaría a Galán por si le apetecía ir a correr el domingo por la mañana. Decidí empezar por esto último. Lo llamé al móvil un par de veces, pero no me contestó. No importaba, llamaría de nuevo más tarde. Después de cansarme rápidamente de ordenar los discos, me duché y, cigarrillo en mano, bajé a comprar la prensa y el tabaco. Después fui a la terraza del bar de la Virreina y me tomé, con toda la calma del mundo, unas olivas rellenas, unos berberechos de lata y un soso bíter sin alcohol. Me gustaba vivir en Gràcia. A pesar de que estaba situada en e

