👁️ Contenido adulto + terror psicológico: pesadilla erótica, posesión y toques de horror cósmico 🔪
La Invitación Peligrosa
Gabriel no quería obedecer. Era absurdo. Un sacerdote de 32 años, escondiéndose como un niño asustado. Pero el pánico en los ojos dorados de Luciel lo había convencido.
—Duerme conmigo esta noche —le había suplicado el ángel, clavándole las uñas en los brazos—. No quieres ver lo que viene.
Ahora, acostado en la cama estrecha —demasiado pequeña para dos— con Luciel pegado a su espalda como una sombra viva, Gabriel maldecía cada decisión que lo llevó hasta allí.
—¿Qué son esas cosas? —susurró, sintiendo las alas de Luciel envolviéndolo como un escudo.
—Mentirosos —la voz del ángel sonó extraña, como si hablaran tres personas a la vez—. Se disfrazan de tus miedos. Y esta noche... vendrán por tus sueños.
Las alas blancas de Luciel los envolvían como un escudo sagrado, pero dentro de ese refugio, solo existía pecado . Gabriel podía sentir cada exhalación cálida de Luciel en su cuello, cada movimiento de sus manos grandes en su cintura, arrastrándose con una lentitud tortuosa hacia abajo.
Y lo peor de todo: su trasero firmemente apretado contra la entrepierna de Luciel , sintiendo cómo algo duro y caliente se tensaba contra él.
Gabriel apretó el rosario con tanta fuerza que las cuentas le marcaron la piel, sus labios moviéndose en una oración silenciosa — Padre Nuestro que estás en los cielos, líbrame de esta tentación —.
Pero Luciel no era un demonio del que pudiera huir rezando .
— Gabriel…— susurró, su voz ronca y dulce como el vino prohibido—. ¿En qué más podrías pensar… que no sea en esto?
Y entonces, presionó su cuerpo con más fuerza , frotándose contra él en un movimiento lento, obsceno , haciendo que Gabriel contuviera un gemido . Una de sus manos se deslizó hacia el vientre de Gabriel, bajando, bajando…
—Dime que no lo quieres —retó Luciel, mordiendo suavemente el lóbulo de su oreja—. Y me detendré.
Gabriel no pudo responder .
Porque en el fondo… ya no sabía si quería que se detuviera.
El último jirpe de tela cayó sobre la estatua del santo, cubriendo su rostro esculpido como un velo irónico. Gabriel no tuvo tiempo de protestar —Luciel ya lo tenía clavado bajo su cuerpo , sus labios recorriendo el cuello que antes rezaba y ahora temblaba por él .
— Calla — ordenó Luciel, mordiendo el hueso de su clavícula mientras sus manos rasgaban el espacio entre el deseo y la penitencia .
Gabriel apretó los dientes , el labio inferior sangrando bajo su propia mordida. Pero su cuerpo no mentía :
- Sus caderas se arqueaban sin permiso, buscando el roce de Luciel.
- Sus pezones, ya rosados por los besos anteriores , se endurecían al contacto del aire y la lengua caliente que los rodeaba.
- Y lo más humillante… un gemido escapó cuando Luciel sopló sobre la piel húmeda de su estómago.
Luciel rio, un sonido bajo y oscuro , y deslizó una mano entre sus muslos:
— ¿Ves? Hasta tu silencio me obedece…
Gabriel se arqueó , un gemido ahogado rasgando su garganta cuando los labios de Luciel descendieron, ardientes como hostias malditas , por su estómago hasta llegar allá —donde solo la oscuridad y el deseo podían reinar.
— ¡L-Luciel…! —jadeó, sus dedos enterándose en el pelo blanco del ángel, tirando con una mezcla de necesidad y castigo .
Pero Luciel no se detuvo. Movió la lengua con la precisión de un demonio que conocía cada grieta de su alma , lento al principio, luego más rápido, hasta que Gabriel gritó , su cuerpo convulsionando bajo una ola de placer sacrílego .
Cuando terminó, Luciel alzó la cabeza, tragando cada gota con un desafío en la mirada, y entonces lo besó . El sabor compartido era salado, pecaminoso, de ellos . Gabriel lo aceptó, hundiéndose en ese abrazo como en una condena que ya no quería evitar .
Y después… solo quedó el silencio .
Luciel se acostó a su lado, enrollando sus alas alrededor de Gabriel como un manto perverso, y lo arrastró contra su pecho.
— Duerme —murmuró, mordisqueando su hombro con ternura posesiva—. Mañana te romperé de nuevo.
Gabriel, agotado y corrupto , cerró los ojos. Ya no soñaría con ángeles… sino con él.
El Primer Toque en la Oscuridad
Gabriel despertó —¿o seguía soñando?— con manos frías recorriendo su estómago.
—Luciel... —gimió, semiconsciente.
Pero cuando giró la cabeza, no era Luciel quien lo tocaba.
Era Amadeo .
O algo que llevaba su cara.
—Siempre supiste lo que sentía por ti —susurró el no-Amadeo, con una sonrisa que se extendía más allá de lo humano—. ¿Por qué elegiste a ese monstruo con alas ?
Gabriel intentó gritar, pero sábanas negras —¿o eran tentáculos?— le cubrieron la boca.
La Pesadilla que Respiraba
La habitación se derritió. De pronto estaba en el confesionario , pero esta vez él era el penitente.
—Dime tus pecados, Gabriel —rugió una voz desde el otro lado de la celosía. Cuando miró, vio doces de ojos apilados como huevos de araña.
—¡No soy tuyo! —logró gritar.
Algo lo agarró por dentro —literalmente, como si le metieran manos por la garganta— y comenzó a extraerle recuerdos :
- El primer hombre que besó (a los 17, detrás del granero).
- Las noches tocándose imaginando a San Miguel encadenándolo.
- El momento en que Luciel lo penetró contra el muro de hiedra.
— ¡Dejadlo! —el grito de Luciel lo rescató, seguido de un sonido de alas desgarrando la realidad .
Gabriel cayó de la cama, encontrándose con una escena de pesadilla:
Luciel, con las alas completamente negras ahora , luchando contra algo que tenía la cara de Amadeo... pero con la boca llena de dientes de cristal .
Sangre en los Labios Sagrados
El monstruo saltó sobre Luciel, clavándole los colmillos en el cuello. Gabriel reaccionó por instinto:
— ¡En el nombre de Cristo, libera esta casa!
La criatura chilló —un sonido que hizo sangrar los oídos— y se desintegró en gusanos brillantes .
Silencio.
Luciel yacía en el suelo, sangre dorada brotando de su garganta. Gabriel corrió hacia él.
—¡No! —el ángel lo apartó bruscamente—. Toca mi sangre y estarás marcado para siempre.
Pero era tarde.
Gabriel ya tenía los dedos manchados de oro. Y ardían como el infierno .
La Marca del Ángel Caído
El dolor fue insoportable. Gabriel cayó de rodillas, viendo cómo venas doradas se extendían desde sus dedos hacia el pecho.
Luciel maldijo en una lengua que hacía sangrar las paredes.
— Te dije que no me tocaras. —Agarró una botella de vino de misa y la vació sobre la herida—. Ahora sabrán dónde encontrarte.
El líquido se evaporó al contacto. Gabriel gritó cuando algo bajo su piel comenzó a moverse .
—¿Qué me hiciste? —jadeó.
Luciel lo miró con lágrimas doradas.
—Te di mi protección... y mi maldición.
El Despertar que no era un Alivio
La mañana llegó con Amadeo golpeando la puerta .
—¡Gabriel! ¡Hay sangre por todo el corredor!
Gabriel miró alrededor. La habitación estaba intacta. ¿Había sido un sueño?
Pero entonces vio:
- Las sábanas manchadas de oro .
- Tres arañazos sangrientos en su pecho(donde el falso Amadeo lo había tocado).
- Y Luciel, en un rincón, con los ojos completamente negros
—No se fue —susurró el ángel—. Solo se escondió. Y ahora sabe que tú... eres mi debilidad.