-Sí, cambié de hotel, porque ya había estado en el Wyndham. Me encanta el hotel y está lo suficientemente lejos del bullicio de las reuniones como para relajarme por las noches. Vale la pena gastar un poco de mi propio dinero. Gano mucho dinero con lo que hago, cariño, lo sabes.-me miró con las cejas fruncidas. —Pero sigo sin entender por qué te molestaste en comprobar dónde me alojaba. ¿Por qué demonios...? —y entonces abrió mucho los ojos—
Me sentí como si fuéramos actores de una obra, recitando nuestros diálogos, anticipando el clímax que sabíamos que se avecinaba. Al menos, así lo sentí yo. Por primera vez en casi 40 años, no podía estar seguro de ella.
-Hugh, tú no... tú no piensas... ¿cómo pudiste?-
-¿Dónde estabas las noches que te llamé al celular? ¿A las 7 pm, a las 8 pm, a las 9 pm, a las 10 pm, a las 11 pm, a las 12 pm, a la 1 am, a las 2 am y a las 3 am?-
-Pero tú nunca...-
-No eran de ningún número que reconozcas. Uno de los hackers expertos del banco me hizo un favor y me dio un dispositivo que permite rebotar tus llamadas a cualquier parte del mundo para que provengan de números desconocidos. Las habrías ignorado como llamadas de broma, pero ¿dónde estabas las noches que tenías que estar en una reunión a las 8 de la mañana y no contestabas el teléfono después de las 5?-
-¿Te has parado a pensar, Hugh, que quizá el teléfono estaba apagado, que quizá lo tenía en la otra habitación y no lo oía. Que quizá tenía una migraña —que, ya sabes, llevo 35 años con ella— y lo había puesto debajo de la almohada para irme a dormir temprano y poder levantarme para una de esas malditas reuniones a las 8 de la mañana?-
-Sinceramente, Mary, no, pero podría imaginarme cualquiera de esas cosas. No digo que haya nada malo en estar desconectado, en transferir tus hoteles, en pagar el extra con tus propios fondos. Te pagan bien y podrías hacerlo fácilmente. No te diría cómo dirigir tu negocio, como tampoco esperaría que me enseñaras a dirigir un banco.-
-¿Pero qué hay de las reuniones en Des Moines, Madison, Milwaukee, St. Louis y Kansas City? ¿Qué hay de las noches en que te pillé justo antes de acostarte y dijiste que estabas desvestida y en la cama, pero respirabas con tanta dificultad? ¿O aquella vez en Madison cuando juraría, juraría, que oí a un hombre reír de fondo mientras contestabas el móvil en tu habitación a medianoche?-
Ella se puso de pie y las lágrimas brillaron en sus ojos.
-Mencionaste eso y te dije que la televisión estaba encendida. Eso fue lo que oíste, y yo salía corriendo del baño para coger el teléfono porque tenía miedo de perder tu llamada y de que te preguntaras dónde estaba. Corría porque tenía miedo, porque sé que has tenido miedo de que algo pasara desde que te hablé de Chicago. Tenía que decírtelo, pero ahora ojalá no lo hubiera hecho. Dijiste que no te molestaba, que podías olvidarlo, pero no lo has hecho. Ha estado ahí en tu cabeza, supurando y envenenando cada mirada que me has dirigido durante nueve meses. Cada vez que intentas llamarme y no puedes localizarme, es porque estoy con él. Cuando escuchas la radio o un programa de televisión, es él ahí dentro haciéndome el amor. Lo único, lo único, que no entiendo, Hugh, es por qué no has enviado detectives privados siguiéndome y tomando fotos. ¿Por qué no has puesto grabadoras pequeñas en mi bolso o en mi coche? En mi teléfono, para que tengas pruebas de que me acuesto con un desconocido a tus espaldas. Para que puedas divorciarte de mí, echarme de tu casa, darles fotos mías a nuestros hijos para que también me odien. Antes me querías. Antes confiabas en mí. Antes sabía quién eras. Ya no.-
Ella estaba a un metro y medio de mí, mirándome mientras yo estaba sentado en el sillón, y me sentí como si estuviera en otro continente. Intenté no hacerlo, intenté con todas mis fuerzas mantener la dignidad, pero sentí que se me saltaban las lágrimas.
-Cuando nos acostamos juntos, cuando tu piel desnuda está contra la mía, es casi como si lo viera. Es como si hubiera un fantasma en la habitación, en nuestra cama, con nosotros, entre nosotros. Cuando te ríes, casi puedo oírlo decir algo y creo que es de él de quien te ríes, o con quien te ríes. En la cama, a oscuras, cuando deberías estar dormida, tienes los ojos abiertos y sé que piensas en él. Cuando te vas, intento pensar en lo que estás haciendo e imaginarte haciendo lo que siempre has hecho: conocer gente, vender y ser mi esposa, que jamás tocaría a otro hombre, pero ya no puedo verte. Es como si hubiera sombras entre nosotros.-
Me levanté lentamente hasta quedar frente a ella. Ahora las lágrimas corrían por mi rostro.
-No he contratado detectives privados porque, ¿cómo iba a contratarlos para vigilar a mi esposa? ¿Para vigilarte a ti, Mary? ¿En qué mundo vivo si se me ocurre contratar detectives para vigilarte? ¿Para pinchar tu bolso, tu móvil o nuestro teléfono fijo? Eso pasa en las novelas baratas, no en nuestra vida. Me digo a mí mismo: «Esto no puede estar pasando». Entonces, cuando te confronto, es la televisión, o estás corriendo para coger el teléfono, o una emisión de radio, y te cambias de hotel para alejarte de cualquiera que te conozca y pueda verte con otro hombre, porque prefieres los otros hoteles.-
-No sé cuál es la verdad, pero LO SÉ, Mary, lo sé. Sé que has pedido viajes a Madison, Kansas City y esas otras ciudades del medio oeste porque están tan cerca que un ejecutivo de educación de Chicago podría ir por unos días, pasarlos contigo y dentro de ti, y pensaste que nunca lo sabría.-
Levanté las manos hacia ella, e incluso eso me pareció melodramático. Simplemente no era yo.
-¿Cómo pudiste hacer eso, Mary? ¿Cómo pudiste hacerle eso a un hombre que te ama? ¿Cómo pudiste traicionarme así? Solo dímelo. Hazme entender.-
Ella me miró fijamente y ahora las lágrimas rodaban por su rostro. Ahora ambos lloriqueábamos.
Extendí la mano hacia ella, la agarré de las manos y la atraje hacia mí. La miré y sentí su piel, y entonces recordé cómo se sentía y cómo se veía en aquellas noches tan lejanas cuando la acariciaba y ella me acariciaba, cuando la llenaba y gemía de placer con mi tacto, hace tanto tiempo.
-Solo dime, Mary. Por Dios, dime. Puedes seguir torturándome, volviéndome loco, sabiendo pero sin saber. No puedo obligarte a ser honesta, pero si alguna vez me amaste, si aún queda un poquito de ese amor, no me dejes aquí colgado. Dime la verdad. No quiero oírla, pero necesito oírla, y no puedo oírla, pero la oigo, suave pero clara y distinta.-
-Sí, lo he estado viendo, estando con él, desde hace tres meses. Tenías razón, en todo. Cuando oíste risas, era él. Acababa de llegar al clímax, me corrí tan fuerte que casi lo tiro de la cama, mientras él intentaba contener la risa. Cuando no podías alcanzarme, estaba con él toda la noche, tres y cuatro veces por noche. Incluso me perdí algunas reuniones matutinas porque no podía separarme de él. Pienso en él por las noches, tumbado a tu lado, y pienso en él cuando estás dentro de mí. Es en él en quien pienso.-
La dejé ir porque su tacto me quemaba. Me dolía incluso mirarla ahora.
-¿Por qué?-
-Yo... era algo que tenía que hacer. Luché, Hugh, de verdad. Porque sabía que te perdería a ti y a nuestra vida, pero al final, lo dejé todo por él."
"¿Lo amas?"
Este era el último asidero. Esto era lo último que me ataba a un pequeño fragmento de la vida que amaba.
—No... no lo sé, Hugh.-
Eso lo decía todo. Juego, set y partido. La señora gorda había cantado. Se había perdido toda esperanza. Podría haber dicho algo dramático. Podría haber maldecido su corazón infiel, haber lanzado una maldición gitana sobre ella y su amante. Pero, como dije, no soy un tipo dramático.
—Encontraré un apartamento, Mary, y conseguiré un teléfono nuevo, el mío, donde puedas contactarme. Te pasaré el número. Supongo que puedes avisarles a los niños.
La miré a los ojos.
-Consíganse un abogado. No necesitamos pelear. Podemos dividir nuestros bienes. Ambos ganamos bien. Los niños ya son grandes.-
Ella todavía no dijo nada.
-Adiós, Mary. Gracias por tantos años buenos. Espero que seas feliz con él.-
Luego abandoné 36 años de mi vida.