Antes de que Mia pudiera hablar con Ryan esa mañana, lo encontró ya esperándola junto a su escritorio. Sobre la mesa, una taza de café la esperaba: un latte de caramelo salado. Mia ni siquiera sabía cómo conocía sus gustos, pero estaba más que agradecida por el gesto. Fue suficiente para que olvidara momentáneamente su propósito de ese día. —Mia —dijo Ryan—, tenemos que hablar. —¿Cómo lo sabe? —se preguntó Mia. —¿Sulley le habló también? No era imposible. Faltaban aún unos días para la fiesta de aniversario y Sulley no parecía ser del tipo paciente. Tal vez se había cansado de esperar a Mia y había decidido tomar cartas en el asunto ella misma. —Sobre lo que pasó entre nosotros —continuó Ryan—. Y especialmente ahora que planeas quedarte. —¿Por qué tenemos que discutirlo? —preguntó Mia

