Natalia despertó con una mezcla de rabia y vergüenza. El sol se colaba por las cortinas y el reloj ya marcaba más de las diez. Se había dormido tarde, dando vueltas, quemándose en esa maldita cama que olía a él. No había sido capaz de pensar con claridad. Su cuerpo seguía tenso, sensible, dolido. Especialmente sus pompas. Se incorporó con lentitud, soltando un quejido involuntario al sentir el ardor en su piel. Caminó al baño, evitándose en el espejo lo más que pudo, pero al girarse le fue imposible no notarlas: las marcas estaban ahí. Rosadas. Claras. — Maldito... — Susurró, presionando los labios, entre furia y bochorno. El agua tibia la ayudó a calmar un poco los nervios. Aunque no logró borrarlo de su mente. Él. Mikhail. El Pakhan. Su verdugo. Se vistió con una blusa elegante y u

