Natalia se metió en la cama de él sin pensarlo dos veces. Antes de hacerlo, acarició las sábanas con la yema de los dedos, como si tocara algo prohibido. Luego la almohada… la apretó contra su pecho por un momento, y después, finalmente, se deslizó bajo las cobijas. Apenas su cuerpo tocó el colchón, suspiró largo, con un aire de rendición. Esa cama… era la más suave y reconfortante que había sentido en toda su vida. Se recostó boca arriba y estiró los brazos y las piernas como una estrella, adueñándose del espacio con descaro. Dio unas vueltas, rodando como si buscara la temperatura justa, el ángulo perfecto. Y entonces la encontró. Allí, justo en el medio, rodeada por el calor de esas sábanas que aún guardaban el aroma de él, se sintió segura. Como si su cuerpo reconociera aquel lugar.

