Dos horas antes — Roma, Italia.
El noche caía lentamente entre los edificios desgastados del barrio obrero. El silencio de la calle era inquietante, como si todos los vecinos supieran que algo oscuro estaba por suceder… y nadie quisiera intervenir.
Dentro de aquella casa humilde, de fachada agrietada y cortinas viejas, reinaba un silencio espeso, roto apenas por el roce suave de un cuerpo que se deslizaba pegado a la pared.
Ella se mantenía en cuclillas cerca de la puerta, con el corazón golpeando contra sus costillas, escuchando cada paso con la esperanza de que no fueran por ella. Pero la ilusión duró poco.
La voz del hombre resonó con fuerza desde el pasillo, dura como el acero:
— ¡Rodéen la casa! Esta perra no se va a escapar. Salimos hoy mismo para Moscú. Ya me quiero largar de este país de mierda. — La sangre se le congeló. Lo supo entonces. No había escapatoria.
No podía huir.
¿A dónde, si ya la tenían cercada?
¿Y su madre? Solo había alcanzado a encerrarse en su habitación, con la espalda contra la puerta, esperando que la suerte les diera un milagro. Pero los milagros no llegaban en barrios como ese.
Ella apenas alcanzó a ponerse de pie cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Una mano áspera y sucia la tomó del cabello con violencia. Gritó. No por dolor, sino por impotencia. El hombre, alto y de mirada vacía, la arrastró por el pasillo sin dignarse a mirarla.
— ¡Maldita sea! ¡Siempre la misma mierda con las mujeres! ¡Siempre lo complican todo! — Gruñó con rabia contenida mientras la empujaba hacia la camioneta negra estacionada frente a la casa.
Ella cayó dentro, sin fuerza, sin consuelo. La puerta se cerró de golpe tras ella.
El motor arrancó.
Y el barrio… volvió al mismo silencio cobarde de siempre.
La camioneta avanzo a toda velocidad hasta llegar a una pista privada oculta entre montañas.
El rugido de los motores del jet privado retumba sobre el asfalto. No hay luces encendidas más allá de las necesarias. No hay funcionarios, no hay torres de control. Solo hombres armados, trajes oscuros, rostros sin expresión. Y una chica arrastrada, desorientada, con la ropa desgarrada y la piel llena de marcas del forcejeo.
— ¡Sube! — El tipo que la lleva no tiene paciencia. Le empuja la espalda con el cañón del arma. Ella duda, pero no tiene opción. Dentro del jet, la atmósfera cambia: cuero fino, madera oscura, cristales tallados. El contraste con su estado es grotesco.
Tres hombres suben detrás. El cuarto se queda hablando por radio cerca de la pista.
— “Confirmado. Jet del señor IL. Ya está en vuelo. Llegamos a Moscú antes del amanecer.”
— “¿Y la orden?”
— “Encerrarla. Solo eso. Nadie más se acerca.”
Dentro del avión, la chica se sienta contra su voluntad. Le atan las muñecas, pero le ofrecen agua. Una botella sellada. Ella no la toca. Mira por la ventanilla. Oscuridad. Solo oscuridad.
Uno de los captores se deja caer en el asiento contiguo.
— ¿Sabes quién es él? — Le pregunta en voz baja. — Porque si supieras… estarías temblando mucho más.
Ella no responde. Pero ya tiembla. Y no es por el frío.
***************
04:13 a.m. – Zona rural, a las afueras de Moscú. Propiedad blindada.
El jet aterriza en una pista privada cubierta de nieve. La seguridad ya está en el lugar, con linternas, armas largas y auriculares conectados a un canal interno. La chica baja descalza, casi a rastras. No tiene fuerzas para correr. No hay a dónde correr.
Un guarda mayor, el que da las órdenes, se adelanta y murmura:
— La habitación ya está preparada. Cámaras activadas. La instrucción es clara: nadie entra, nadie pregunta. — Otro asiente. Y entonces su mirada se levanta hacia el horizonte.
— ¿Crees que él ya esté despierto?
— Él nunca duerme cuando espera algo.
MOSCÚ, 04:27 A.M. — Mansión Orlov.
Interior. Habitación Roja. Muebles oscuros, cortinas pesadas.
El humo del cigarro dibuja líneas perezosas en el aire. Huele a tabaco caro y a sexo reciente. Todo está en silencio, salvo el eco lejano del viento golpeando los ventanales.
Mikhail está de pie, desnudo de la cintura hacia arriba, con el pantalón flojo aún desabrochado. La luz tenue de la lámpara deja ver los músculos marcados por la rutina militar y la disciplina brutal. En una mano, el cigarro; en la otra, el teléfono.
Tres cuerpos yacen sobre su cama: dos mujeres y un hombre, jóvenes, esbeltos, bellamente desordenados. La sábana apenas cubre lo necesario. Pero él no los mira con deseo, ni satisfacción. Los observa como si fueran objetos decorativos.
El teléfono vibra.
Mensaje entrante – Seguridad ZB24
《La mercancía ha aterrizado. En tránsito hacia la propiedad 7K. Esperando instrucciones.》
Él suelta una bocanada larga de humo. El tono de su rostro no cambia, pero sus ojos se afilan. Da una última calada, apaga el cigarro en un cenicero de cristal y deja el teléfono sobre la mesa.
Camina hacia la salida mientras coloca su camisa con pasos lentos. Cero urgencia.
Se escucha su voz grave, sin emoción:
— Despiértenlos y sáquenlos. Tengo asuntos reales que atender. — Un guardia ya esperaba fuera. Entra, hace una ligera reverencia, y empieza a mover los cuerpos con eficiencia. Sin hablar. Sin mirar más de lo necesario.
Él, mientras tanto y al llegar a su habitación, elige una camisa negra, un reloj, y se pone las botas con la precisión de un soldado. Luego, vuelve a mirar el teléfono.
La chica está en Rusia.
Y aún no sabe, que ya no le pertenece a nadie más.
*************
Más tarde... Despacho privado.
El sol aún no ha tocado Moscú. Afuera, el hielo duerme sobre los tejados.
Dentro, la chimenea arde suave. Todo está en silencio, salvo el tic-tac elegante de un reloj antiguo sobre el muro.
Mikhail está en su escritorio. Leyendo por enésima vez el expediente.
Una carpeta de cuero n***o.
Una sola foto adentro.
Una niña. Cabello revuelto, ojos grandes, gesto desconfiado. Una cicatriz vieja sobre la ceja derecha.
La imagen tiene más de una década. Ahora ella tiene 23. El contrato lo dice con claridad: "el pago se ejecuta en cuanto la menor alcance la mayoría de edad." Cinco años de retraso. Por circunstancias ajenas. Por olvido, por conveniencia.
O quizás por estrategia.
Él se recuesta en la silla de cuero. Fuma sin apuro.
La curiosidad lo muerde en silencio.
La "virgen puritana"... ¿Sigue siéndolo? ¿Qué clase de mujer es ahora? ¿Por qué esa cláusula tan específica?
¿Qué rayos buscaba su padre?
Hace un ademán leve con los dedos.
— Que preparen el auto. — Murmura.
Pero justo en ese instante, la puerta se abre sin golpear.
Valka, su asistente, entra con un folder grueso y la tablet de reportes en la mano.
— Señor, perdone la hora. Llegó confirmación desde Viena. El señor Dragovic espera verlo el martes. También confirmaron Berlín para el jueves. Y... la Junta de Zurich fue adelantada para el lunes. Tenemos vuelo en cuatro horas. — Él no responde de inmediato. Aprieta el puente de la nariz con gesto seco. Vuelve a mirar la foto vieja en el escritorio. Valka, seria como siempre, lo observa desde la distancia. — ¿Le preparo el itinerario? — Pregunta sin emoción.
Él asiente con un leve gesto de cabeza.
— Aplaza todo lo que no sea urgente. Solo me interesa Viena y Zurich. Lo demás… puede esperar.
— Entendido.
— Ah. Y cuando esté de vuelta, — Dice él sin mirarla, mientras cierra lentamente el expediente. — quiero una revisión médica completa para en caso Vetrov. Que esté documentado. Y limpio. No me gustan las sorpresas. — Valka anota en su tablet.
— ¿La revisión será aquí o la trasladamos a clínica privada?
— En la cabaña. Que nadie más la vea todavía. — Una pausa.
Valka duda un segundo. Luego pregunta con sutileza:
— ¿Desea que alguien más la entreviste mientras usted viaja? — Él la mira por primera vez. Sus ojos de acero no parpadean.
— No. Que nadie entre a esa habitación hasta que yo regrese. — Silencio. Solo el sonido suave del fuego. Valka asiente.
— Muy bien, señor. El chofer lo espera en quince minutos. — Él se levanta. Toma el abrigo n***o, y al pasar junto a la chimenea, lanza el cigarro al fuego aún encendido.
Fin de la escena...