Ares no recordaba con claridad la magnitud de lo ocurrido aquella noche. Solo sabía que había perdido el control. No solo había golpeado a Nicolás, sino también todo lo que encontró a su paso, gritando toda clase de insultos contra ambos. Recién entonces comprendió la magnitud de la traición: habían intentado engañarlo, hacerle creer que el hijo que esperaba su prometida era suyo. Observó a cada persona en aquella sala con una mezcla de rabia y repulsión. No opuso más resistencia cuando su amigo intentó sacarlo de allí; simplemente se dejó guiar hacia la salida. En ese instante, supo que no solo había perdido a la mujer que amaba, sino también su prestigio. En menos de una hora, toda Grecia conocía lo sucedido. No había rincón donde no se hablara del escándalo. Las personas llegaban a su

