Las esperanzas de Agnes se quebraron cuando vio salir el auto de Ares. Ni siquiera se detuvo, aceleró y la estela de agua la remojó hasta los huesos. Se levantó furiosa, con el corazón en la garganta, y gritó a todo pulmón:
—¡Idiota!
Las lágrimas se mezclaron con la lluvia mientras caminaba hacia el hotel. En esas condiciones le era imposible conseguir un taxi, así que se quitó los tacones y siguió descalza por la vereda helada. La madrugada mordía la piel, el frío le calaba los huesos y cada paso le parecía una amenaza. No estaba acostumbrada a ese clima y sabía que lo pagaría, pero el miedo y la urgencia la empujaban hacia adelante.
En la habitación del hotel se dejó caer sobre la cama y lloró hasta quedarse sin lágrimas. Había desperdiciado la única oportunidad que creía tener con Ares.
“No soy estúpida” pensó entre sollozos “Sé que pedirle esto es una locura, pero salvar la vida de mi sobrino vale cualquier locura”
Mientras tanto, Ares conducía sin mirar atrás. Creyó que dejarla bajo la lluvia le daría cierta paz, que esa escena cerraría algo que ardía desde hace años. No fue así. La culpa y la rabia se enredaron en su pecho. Sus padres le habían enseñado otras cosas, le habían enseñado a ser humano; si supieran lo que hizo se sentirían defraudados. Aun así, se repetía que los Makris eran su pasado, y que no iba a permitir que volvieran a invadir su vida.
Llegó al hospital y se sumergió en el trabajo. Pasó cuatro horas en quirófano; cada movimiento suyo era preciso, cada decisión, fría y certera. Luchó contra el reloj y contra la fragilidad de un pequeño que pendía de un hilo. Al salir, exhausto, supo que lo había salvado. Esa mezcla de cansancio y alivio le dio una calma extraña, aunque la sombra de Agnes se negaba a desaparecer.
Al volver a la oficina encontró a Nikolas meciéndose en la silla, como siempre, con esa sonrisa que lo exasperaba.
—Por fin te encuentro —dijo él—. Me contaron lo que sucedió en tu oficina. Apenas me desocupé vine. No te preguntaré cómo estás, porque es evidente. ¿Qué quería la pequeña Makris? Tuvo que ser algo grave para buscarte.
Ares apretó la mandíbula.
—Que salve la vida de su sobrino —respondió seco—.
—¿El hijo de Alicia está muriendo? —Nikolas arqueó una ceja.
— Sí, imagina el titular:“¡El doctor Nikolaou ha salvado la vida del hijo de su ex!”
—podrías sacarle provecho, si ves las cosas de forma objetiva, deja el sentimentalismo de lado… Piénsalo: ¡¡El maravilloso doctor Ares Nikolaou salva al hijo de la mujer que le fue infiel!! Eso te daría muchos puntos con el gremio femenino.
Ares se permitió pensarlo por un momento.
—imagina la cara que colocara Alicia al verte, o mejor aún la de su marido.
—No hables estupideces Nikolas, tú dices eso porque no has pasado por todo eso, mejor deja de hablar estupideces y vamos por un trago para ponerte al día sobre todo lo que ha hecho la descarada.
Se metieron en un bar para ahogar pensamientos. Mientras tomaban, Ares le contó todo lo sucedido desde la llegada de Agnes. Nikolas lo escuchaba divertido y sorprendido a la vez. Nunca imaginó a una hija de esa familia humillarse así, y le costaba entender la mezcla de terquedad y vulnerabilidad que ella mostraba.
Cuando acabaron, Nikolas se burló como siempre de las desgracias del amigo. Ares lo dejó en su coche, y condujo hasta su casa, pensando en cada palabra que había oído. Nunca creyó que su amigo fuera tan cínico como para proponer sacarle partido a esa situación. A él ya no le interesaba limpiar su imagen. Que la prensa dijera lo que quisiera.
Al llegar a su casa la lluvia caía con furia. Se duchó, revisó documentos, y llamó a sus padres porque no quería que se enteraran por terceros de que Agnes estaba en la ciudad. Sus padres se mostraron cautelosos. Fue la primera vez que le negaron ayuda. Su madre sugirió que volviera a Grecia, que dejara atrás esos nombres que tanto daño les habían hecho. Colgó y volvió a la cama, sin poder dormir.
Agnes, por su parte, no retrocedía. Lloró, durmió unas horas y al despertar supo que debía volver a intentarlo. Llamó a su sobrino; escuchar su voz, la llenó de fuerzas. Lo imaginó tendido en la cama del hospital y el dolor le rasgó el pecho. Su familia quiso saber dónde estaba y qué hacía, pero ella evadió preguntas. Después de colgar, respiró hondo y salió de nuevo a buscar ayuda.
Llegó al hospital, pero él ya no estaba. Le dijeron que había salido con Nikolas. Cogió un taxi y se dirigió a su casa. La lluvia no daba tregua. Bajó del coche y se presentó en el portón, llamando al guardia. Este le negó la entrada por orden de Ares. La rabia le subió por la garganta. Eso le hizo enojar muchísimo y colocó su dedo en el timbre reiteradas veces. Sabía que eso le haría venir o hacerla pasar antes de que los vecinos salieran a ver qué sucedía.
—Dígale que no me iré —pidió con voz firme, y apretó el timbre una y otra vez—.
Ares estaba en su cama cuando oyó el timbre persistente. Se cubrió con la almohada para ignorarlo, pero el sonido seguía. Estaba furioso, se supone que descansaría, pero esa maldita mujer no había dejado de acosarlo ni con lluvia. Gruñó, se levantó, tomó una chaqueta y bajó. A cada paso su furia crecía y en su mente acudían imágenes violentas, imposibles de controlar en la noche. Intentaba no pensar en lo mucho que quería estrangularla.
—Ábrela —ordenó al guardia con voz fría—.
Cuando el portón se abrió, la vio: empapada, los ojos rojos, temblando pero desafiante. El rostro le dijo más que mil palabras.
—¿Qué demonios haces en mi casa? —rugió—. Llamaré a la policía ahora mismo.
Ella quiso responder, pero la voz le falló. Un mareo la venció, y antes de que Ares pudiera reaccionar, Agnes perdió el conocimiento y se desplomó en el umbral.