—Si eso hará que desaparezcas para siempre de mi vida, lo haré —dijo él—. ¿Dónde tienes los informes?
Él respiró hondo antes de aceptar revisar el caso del sobrino.
—Tendrás que entrar a mi correo, porque dudo mucho que mi teléfono funcione —respondió Agnes.
Bajó rápido al estudio, tomó la laptop y subió de nuevo. Quería sacarla pronto de su casa y de su vida. Ella introdujo los datos y él comenzó a leer. Agnes estaba muy nerviosa; sorbía la sopa que la empleada de Ares le había llevado mientras él revisaba los exámenes y hacía muecas extrañas al leer. Nunca había pensado que alguien pudiera poner tantas caras al leer un informe, pero así era Ares.
Poco a poco entendió la desesperación. El niño presentaba una cardiopatía tan extraña que apenas recordaba tres casos similares en toda su carrera. Pasó alrededor de cinco horas repasando cada examen; no le gustaba dejar nada al azar.
—Decir que es fácil y que tengo una respuesta inmediata sería mentir —dijo al fin—. Primero necesito estudiar las posibles opciones. Segundo, tenemos que ver si su cuerpo está preparado para los procedimientos previos.
—Podrías mentirme y decirme que lo salvarás —respondió ella con voz entrecortada—, pero eso no depende de ti al cien por ciento, ¿cierto?
—Tranquilo —repuso ella—. Sabemos que puede morir igual.
Ares alzó la vista con severidad. —En el hipotético caso de que acepte, ¿qué ganarías a cambio? No puedes venir ante mí para pedirme semejante cosa sin ofrecer nada.
—Juro que, sin importar lo que pase, te daré lo que desees —prometió ella desesperada.
Él frunció el ceño. —¿Y tu familia qué opinará? Eres consciente de que sin el permiso de los padres no puedo intervenir.
—Me encargaré de eso —aseguró ella—. Yo me haré cargo.
Ares negó con la cabeza. —No pongas palabras en mi boca que no he dicho. Sinceramente, no hay nada que me ofrezcas que me interese. Por ahora me voy a trabajar. Quédate en mi casa si quieres, pero espero no encontrarte cuando regrese. Estaré de guardia desde hoy hasta mañana en la noche. Te daré mi respuesta cuando la tenga. Adiós.
Ella creyó haber ganado, pero no fue así. Era obvio que él no cedería tan fácilmente. Se fue dejándola enferma y preocupada; su instinto le decía que no lo convencería con promesas.
Ares salió de la casa sin siquiera ducharse. El caso del niño la había afectado más de lo que imaginaba. Estaba convencido de que el pequeño hacía un esfuerzo sobrehumano para mantenerse con vida. Llegó al hospital y citó a los médicos a una reunión de urgencia para plantear el caso. Pasaron horas estudiando cada detalle: cuál sería la intervención adecuada y los tratamientos pre y postoperatorios necesarios. Pero había una verdad que todos callaban, la más cruel: no existía certeza de que el niño saliera con vida.
Aun así, para ellos era la única esperanza.
Cuando Ares terminó sus rondas y volvió a la oficina, encontró a Nikolas. Por la cara del amigo supo que venía con chismes.
—Fui a tu casa y me encontré a una mujer muy sexy en tu cama —dijo Nikolas burlón—. No me habías dicho que Agnes había crecido, es más hermosa que Alicia. ¿Te acostaste con ella?
Ares se tensó. —¿Cómo se te ocurre insinuar eso? Es mi cuñada.
—Tu ex cuñada —replicó Nikolas.
—Estuve cinco años con su hermana —contestó Ares, molesto.
—¿Y eso qué? Si mal no recuerdo, Alicia te engañó a ti.
—No me lo recuerdes —pidió Ares—. En cuanto a Agnes, solo está en mi casa porque se desmayó anoche después de tocar mi timbre mil veces. Como médico, le di los primeros auxilios. Eso es todo.
—No puedes negar que es joven y atractiva —insistió Nikolas—. Una mezcla peligrosa para un hombre de tu edad.
—¿Me llamas viejo? Te recuerdo que tengo treinta y tú treinta y uno —replicó Ares con ironía.
Nikolas rio. —No es eso, solo digo que tenerla en tu cama pudo provocar algo. No lo niegues, a menos que ya no te gusten las mujeres o estés ciego.
Ares suspiró. —Al principio estaba preocupado, no la miré con ojos de hombre. Pero cuando despertó y se sentó en la cama, me fijé un poco en su pecho.
— lo sabía, ya que tú nunca llevabas mujeres a tu casa, menos a tu cama.
—no lo hice con esa intención, ya te aclaré lo que sucedió, es más, hasta ese momento la consideraba una niña, pero en medio de la discusión me aclaró que tiene 21 años.
—Ya es mayor de edad en Estados Unidos —dijo Nikolas con malicia—. Podrías pasar el rato con ella; quién sabe, igual le gana en la cama a su hermana.
—Nikolas, no hables así —lo cortó Ares—. Sabes que no es una mujer de juegos. No quiero complicarme la vida. Hicimos un trato: estoy viendo el caso de su sobrino y ella me dejará en paz.
—¿No me digas que vas a operar al hijo de esa mujer? —preguntó Nikolas, incrédulo.
—Ella me hizo ver que el niño no tiene la culpa —dijo Ares con voz baja—. Esa pobre criatura no tiene esperanzas, y parece ser lo más importante en la vida de Agnes.
—¿Desde cuándo la llamas así? —bromeó Nikolas.
Ares se mostró frustrado. Intentaba explicar su postura, pero Nikolas solo se fijaba en lo superficial. —No estoy diciendo que lo haré. Tengo que observar el caso. No hay nada de ella que me interese, aunque se haya ofrecido a darme lo que quiera a cambio. Mañana la llamaré y le diré que no lo haré, para que se vaya a su país. Cero dramas, y olvidamos lo que pasó.
—Piensa mejor las cosas —lo aconsejó Nikolas—. Te dije: esto es una oportunidad de oro. No la desperdicies.
—Mejor márchate y déjame descansar —dijo Ares, cansado.
Cuando Nikolas se fue, Ares se dejó caer en la silla, pero su mente no se aquietó. Las palabras de su amigo resonaban con insistencia: ¿olvidar o vengarse? Esa duda se clavó y lo llevó, pronto, a una decisión definitiva.