Afortunadamente cuando llego a casa aún no está mi suegra. Levanto a Alex del sofá del salón para pasar rápido un aspirador. El muy vago ni siquiera ha recogido las latas de refresco que se ha tomado mientras jugaba a la consola. A toda carrera recojo la casa y luego me meto en la cocina para hacer un pescado al horno. Mando a mi novio abrir una botella de vino blanco, del caro, que su mama tiene el morro fino y no bebe cualquier cosa. Ya estoy de los nervios… A los diez minutos suena el timbre y su alteza aparece. Abraza fuerte a su hijo y a mí me acerca su cara para simular dos besos. Menos mal que no nos rozamos porque lleva medio kilo de maquillaje en la cara. Por suerte la conversación surge fluida entre madre e hijo mientras voy sirviendo la cena en la mesa del comedor. Ni que decir

