Me sentía asfixiada en el ambiente opresivo de las sumisas, así que, sin importarme nada, decidí salir del lugar. Me dirigí hacia el enorme jardín y continué caminando hasta notar la presencia de tres imponentes dobermans, claramente las mascotas del señor Salvatore. Los perros ladraban fuertemente mientras Max los entrenaba. Su mirada centrada en ellos, les pedía que se calmaran, y sorprendentemente, los animales obedecían. En ese momento, uno de los dobermans fijó su mirada en mí y comenzó a gruñir ferozmente. Max giró su cabeza hacia mí y soltó una risa. Era evidente que los perros reflejaban la actitud protectora de su dueño, y su reacción me hizo sentir como si cada rincón de aquel lugar estuviera bajo su control. — No te culpo por sentir temor, Paulina. La mayoría de los empleado

