CAPÍTULO TREINTA Y UNO Lucio caminaba a pasos largos a la cabeza de sus mercenarios y matones, los guardas reales le seguían el rastro. Se sentía poderoso, imbatible. Invencible. Se sentía libre. Debería haber matado a su padre hacía años. Todo ese tiempo lo habían reprimido, refrenado y controlado. Había tenido que soportar sermones y órdenes, intentos de convertirlo en un príncipe de cuento e ideas sobre el honor que no tenían nada que ver con la realidad. Ahora, no tenía que contenerse. Ahora, tenía soldados a su espalda y los principios de un alzamiento con el que acabar. Masacraría a todos los campesinos con los que se cruzara en el Stade, haciendo un espectáculo con ellos que la gente recordaría durante generaciones. Quizás mandaría hacer una estatua para conmemorarlo. Algo que
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