Estaba en la sala esperando que Eduardo me recogiera con su carro. Habíamos quedado en investigar juntos un colegio abandonado como proyecto final. Él había insistido que fuera ahí, mientras yo quería que fuera en un hospital. Lanzar la moneda al aire eligió nuestro destino, dándole a él la victoria. Hizo sonar el p**o de su carro y salí con prisa. Mis padres no estaban de acuerdo.
—¿Tienes todo? —me preguntó apenas entré.
—Sí, la cámara, dos linternas y una grabadora de voz.
—Esperemos sea suficiente.
—¿Trajiste nuestro amuleto de la suerte?
—Claro, el dije de águila.
—Gracias por no creer que soy ridícula.
—No lo eres, solo son pequeñas cosas que te gustan.
Llegamos al colegio y nos encontramos con el guardia que nos estaba esperando. Nos dio indicaciones de cómo ingresar y un viejo plano sobre su estructura. Nos advirtió de los posibles agujeros y cómo debíamos tener precaución. Le dimos las gracias e ingresamos. El lugar lucía tranquilo, hasta que comenzamos a oír pasos que venían a nuestra dirección.
—¿Lo oíste? —pregunté.
—Sí, pero vamos, no hay nada que nos pueda lastimar y lo sabes.