―Yo, yo… ―noto con gusto, el movimiento de su garganta. Está nerviosa y eso me fascina―, debo ir a casa. El único lugar al que irá será directo a mi cama. ―¿Irte? Asumo el control de la situación y esta vez me siento satisfecho de que Rachel se encuentre en pleno uso de sus cinco sentidos. Dispuesta para lo que tengo preparado para ella. Me tomo una pausa y juego con su impaciencia. En el poco tiempo que llevo conociéndola, me he dado cuenta de lo mucho que la inquieta estar en este tipo de situaciones y lo afectada que se siente por mi cercanía. Ella es tan receptiva a mis estímulos que me hace sentir famélico y sediento. Por supuesto, soy consciente de mi asombrosa habilidad para reconocer las señales en una mujer excitada. Sin embargo, tengo que reconocer que con Rachel he descubier

