Azzura Vittorio saca su pistola y decide que su nieta es su rival. No le doy el gusto de verme suplicar y alzo los hombros, restando importancia al asunto. —Padre… —dice Darío, y el rugido de mi abuelo lo calla. —¡En este instante soy el capo bastone! —demanda el respeto que merece—. No puedo tolerar que te sigas burlando bajo mi nariz… —En ningún momento me burlé de ti. Solo protegí a mi hija —escucharlo por segunda vez me enorgullece. —Papá —lo llamo, pero él no desvía los ojos del arma—, no te preocupes… —Azzura, solo cállate y sal del almacén. —Puedo morir feliz. Has dado la cara por mí. Ya no soy un fantasma… —Muy pronto lo serás —amenaza Vittorio, y mi padre se interpone delante de mi cuerpo—. Muévete, Darío, no me detendré —advierte. —Haz lo que tengas que hacer. Me enseña

