Cap 2. Sobreviviente.

1390 Palabras
COLE Las horas pasan. Ella no despierta. Pero hay algo que me eriza la piel: está sanando. Y demasiado rápido. La herida profunda del estómago "esa que me costó cerrar con gasas y torniquetes improvisados" ya no sangra. Se ha cerrado. Las cortadas en sus piernas, que parecían hechas por un filo irregular, han desaparecido sin dejar cicatriz. Me alejo, incrédulo. Me paso la mano por el rostro, como si eso pudiera despertarme de una alucinación. —No puede ser… —susurro. Pero sí puede. Sí está ocurriendo. Y entonces, las historias de mamá y tía Ruth me golpean como una ola en invierno. Historias que escuché mientras pelaban papas o jugaban cartas. Cuentos de hombres que se volvían bestias, de clanes ocultos en los bosques, de niños nacidos con almas salvajes. Historias que siempre tomé como folclor de mujeres viejas. Como desvaríos de soledad. Historias que ahora tienen nombre. Y rostro. Y piel que se regenera sola. —¿Será posible… que esa familia haya sido atacada por lobos? ¿O peor aún… por otros como ellos? Sacudo la cabeza. La única explicación es esa. Mi madre me hablaba de “manadas” como si fueran sociedades secretas. Mencionaba nombres de amigos que, según ella, “corrían con la luna”. Yo pensé que se refería a hippies con sentido del honor y dieta carnívora. Pero no. Esto es más real de lo que quise creer. Me levanto con pesar. La tomo con cuidado y la llevo a una habitación en la planta alta. Le cambio el suero, le acomodo una almohada limpia. Luego bajo… a buscar herramientas. Una pala. Un pico. Guantes. El bosque está en silencio cuando regreso al claro donde encontré los cuerpos. El atardecer apenas roza las copas de los árboles. El suelo sigue húmedo, el frío es adormecedor. El olor a muerte se ha atenuado, pero aún persiste... como un susurro que se niega a desaparecer. Empiezo a cavar. Un solo agujero, grande. Me niego a separarlos. El hombre es el primero. Está frío, rígido. Le reviso los bolsillos. Nada útil, salvo una cadena con un dije de plata en forma de luna creciente. La coloco sobre su pecho. Le doy una última mirada. Lo acomodo con respeto. La mujer… Dios. Es hermosa. Aun muerta, conserva una paz serena. El cabello rojizo "como el de la niña" cae sobre sus hombros. No sé por qué, pero la abrazo. Solo un instante. Tal vez porque se lo debo. Tal vez porque es lo único que puedo hacer por ella. El niño es el último. Sus ojos siguen abiertos. Los cierro con dos dedos temblorosos. No lloro. Pero lo siento todo por dentro, como un fuego mudo. Los coloco juntos, uno encima del otro, como una familia abrazada en la eternidad. Cubro sus cuerpos con una manta vieja que traje de la cabaña. Y mientras lo hago, encuentro algo: una tarjeta de identificación, arrugada y manchada. “Manada Lirios Silvestre.” No suena a un nombre inventado. Suena a algo antiguo. A algo que ha existido mucho antes de que yo naciera. Recojo sus pocas pertenencias. Las meto en una bolsa. Y empiezo a cubrirlos con tierra. Golpe a golpe. Puñados de silencio. Respeto. —Lo lamento —murmuro al terminar—. Juro que cuidaré de ella. Pase lo que pase. De regreso a casa, reflexiono. Esto fue algo salvaje… feroz. ¿Cómo pudieron atreverse a atacar así, a una familia entera? ¿Niños? ¿Quién hace eso? Llego antes de lo que imaginé. Subo directamente a su habitación y la reviso otra vez. Sus heridas… están completamente sanadas. Pero aún no despierta. Paso la noche en vela, sentado cerca, sin atreverme a cerrar los ojos. Pero la madrugada me vence, y el sueño me atrapa como una trampa de oso. Despierto de golpe. Siento que algo "alguien" me toca el rostro. Me enderezo, confundido… y entonces la veo. Ella se esconde con rapidez bajo la cama, como un animal asustado. —¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —su voz suena frágil, como si fuera a romperse. Me pongo de pie despacio, alzo las manos, intentando no asustarla más. —Tranquila… tranquila, pequeña. Soy Cole. Te encontré en el bosque. Estabas herida. Estás a salvo, estás en mi casa. Asoma la cabeza, temblando. Sus ojos verdes se encuentran con los míos, grandes, húmedos… hermosos en medio de la tragedia. —¿Mamá…? No sé qué decir. Solo niego con la cabeza, en silencio. —Lo siento, pequeña. Y en cuanto las palabras salen de mi boca, su llanto la rompe en mil pedazos. Pasan los segundos. Los minutos. Y ella sigue llorando, desgarradoramente. No sé qué hacer. Solo me siento en la cama, en silencio. No tengo palabras. ¿Cómo podría tenerlas, si ni siquiera yo he superado la muerte de mi madre? Y ahora ella… tan pequeña, tan frágil, tan sola. —¿Dónde están? —pregunta de pronto. Se incorpora de golpe e intenta correr hacia la puerta. —¡Espera, pequeña! No… Pero no me escucha. Baja las escaleras tan rápido que casi tropieza. Logro alcanzarla en la sala y la detengo con cuidado. La cargo. Es liviana… como si el mundo le hubiera arrancado el peso de la infancia. —Te llevaré, te lo prometo… pero primero, debes calmarte. —Sí… sí, me calmo —responde. Pero en realidad, se está convenciendo a sí misma. —Vamos, comes algo, me cuentas qué pasó y luego vamos. —No tengo hambre. Solo quiero estar con ellos —solloza. No sé cómo, ni de dónde, pero algo dentro de mí se endurece. Le hablo con firmeza. No con rudeza, pero sí con esa claridad que a veces se necesita para no romperse más. —Tú estás viva. No te fuiste con ellos. Y eso es una nueva oportunidad. Tienes que agradecer que sobreviviste. Me mira fijo. Llora en silencio. La cargo sin decir más y la llevo a la cocina. Le preparo huevos revueltos, tocineta, tostadas. Jugo de naranja. No quiere comer. Pero no le doy opción. —Si no comes, no te llevo, pequeña. —No me llames así —me interrumpe con rabia contenida—. Tengo nombre. Y no tengo hambre. ¡Ya te dije! La miro. Respiro hondo. —Está bien… lo siento. Pero la comida no es negociable. ¿Cómo te llamas? Ella me observa un segundo. Tuerce los ojos con ironía, me hace sonreír. Y aun así, con toda su tristeza, con todo su enojo, contesta: —Kaelen Vale. Luego de desayunar, la acompaño de vuelta al bosque. Camina en silencio, con pasos lentos, casi mecánicos. Pero sus ojos... Sus ojos lo dicen todo. Está alerta. Tensa. Mira hacia todos lados como si algo pudiera saltar de entre los árboles en cualquier momento. —¿Qué pasa? —pregunto con suavidad—. ¿Qué te asusta? Se detiene un segundo. Aprieta los labios, pero al final contesta con voz temblorosa: —Seres oscuros… Comen sangre. Ellos… ellos nos atacaron. A mis padres… a toda la manada. Eran muchos. Papá logró sacarnos, pero lo siguieron y… Su voz se rompe. No puede terminar la frase. Solo solloza. Llegamos al claro. Y entonces, todo cambia. Ella ve el lugar. Lo reconoce. El suelo revuelto. La tierra removida. El silencio… el eco de la muerte. Se lanza al suelo de rodillas y rompe en un llanto desesperado. Grita, se encoge, se agarra el pecho como si le doliera respirar. Yo solo me quedo cerca. No digo nada. No hay nada que pueda decir que no suene vacío. Pasan las horas. El sol baja. El cielo se tiñe de naranja, luego de morado. Y cuando la oscuridad comienza a reptar entre los árboles, me acerco. —Kaelen…. Debemos irnos. Ella no responde. Sigue allí, abrazando el suelo. Luchando contra el recuerdo. Me inclino. La cargo en brazos. Ella se resiste. Patalea. Golpea. Grita entre lágrimas: —¡No quiero! ¡No me lleves! ¡Déjame aquí! Pero no la suelto. —Lo siento… no puedo hacer eso. La sostengo con fuerza, pero con ternura. Como si pudiera protegerla del mundo, aunque sé que no puedo. Y así, con el corazón hecho trizas, regreso a casa… cargando a la última sobreviviente de una masacre. ҉───•۞•───҉
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