El salón de conferencias, que minutos antes rebosaba de voces inquietas, cayó en un silencio expectante cuando Sebastián Montenegro tomó el micrófono. La tensión en el aire era palpable, y las cámaras apuntaban directamente a su rostro, esperando cada palabra con voracidad. Él inclinó ligeramente la cabeza, dejando que la pregunta resonara en el espacio mientras reunía sus pensamientos. — Reconocer a mi hijo ha sido una de las decisiones más importantes de mi vida —dijo, su voz grave y cargada de sinceridad. Hizo una pausa breve antes de continuar, como si pesara cada palabra con cuidado—. No puedo cambiar el pasado ni las circunstancias en las que ocurrieron las cosas, pero estoy comprometido a enmendar mis errores. Una reportera levantó la mano rápidamente, interrumpiendo el momento.

