Kamaranda lo ignoró, y siguió mirando la central. Miller, que sabía, estaba desbordado por el mismo hecho de saber. Miraba la central, pálido, y sin energía. Parecía un muñeco con las pilas descargadas. —¿Tiempo? —preguntó Doyle. —Siete minutos y cuarenta segundos —respondió Rawlins. Él también miraba hacia la central. La miraban todos. Doyle empezó a contar en voz alta, con una cadencia regular. —Quince... catorce... trece... Llevaba un ritmo perfecto. Su conciencia del tiempo que transcurría era precisa. —Diez... nueve... ocho... siete... seis... Nadie se movía. —... tres... dos... uno... ¡cero! Un instante suspendido en el tiempo. Inmóvil. Helador. Un segundo. Dos segundos de más con respecto al tiempo programado. Y después la central desapareció. Simplemente, como si

