—Vaya, vaya... —La señora Madgar sonrió maliciosa—. Creí que habías muerto, querida hija. Amín tragó pesado y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. —¿Cómo hiciste eso? Te vimos caer por el abismo. Es imposible que hayas sobrevivido, hermanita —dijo Jo. La mirada hambrienta que él le atinaba la ponía nerviosa y, pese a que ella era más fuerte que ellos, no podía evitar sentir pavor. —Ustedes tienen dos opciones —intervino Odiel—: o se quitan de nuestro camino o mueren aquí mismo. Ustedes deciden. Tanto Madgar como sus hijos estallaron en carcajadas. —Nic... De verdad creí en tus palabras y hasta me hice ilusiones, pero me engañaste como a una adolescente ingenua. Dime, cariño, ¿qué hacías en mi casa? Jing sonrió malicioso, mas no contestó. —Quítense de nuestro camino, llevamos pr

