Me puso los cuernos

1174 Palabras
LOGAN Desde que Jasper se largó para la casa de Tessa, andaba dando vueltas como tonto por la sala, sin poder sacarme a Avery de la cabeza. ¿Y ese tipo quién carajos era? ¿A dónde la estaba llevando? Me pegué un par de cachetadas suaves, intentando sacarme de la mente esas imágenes calientes. No con la hermanita de mi mejor amigo. Pero el cerebro no obedece reglas, y menos cuando se trata de ella. Ella ya carga con lo suyo, y parte de ese peso es culpa mía. Me lo dijo en la cara. Que yo ayudé a que se sintiera así de rota estos años. Y dolió. Porque si pudiera volver atrás y hacer las cosas distinto, lo haría sin pensarlo. Pero no puedo. Así que la única forma de redimirme es mantener distancia. Cuidar mis palabras. No meter la pata cada vez que abre la boca. Porque ella... ella merece algo mejor. Una hora más tarde, seguía en la cocina como idiota, dándole vueltas al celular donde tenía guardado su número. Solo por si pasa algo, me dije. Pero no era una emergencia. No, ella estaba allá afuera, con otro tipo, sonriendo. Disfrutando. Me la imaginaba riéndose, esas pestañas largas cayendo sobre sus ojos brillantes, su pelo cayéndole suave por los hombros... Y después lo imaginé entre mis dedos, mientras la jalaba hacia mí, y... mierda, basta. Me tiré al sillón, abrumado, cambiando canales sin ver nada. Al final puse música, algo para no pensar. Pasada la medianoche, ya medio dormido, escuché que se abría la puerta. Ella entró despacito, como si no quisiera despertar a nadie. Pero ya era tarde. Yo estaba despierto. Porque ella me tenía así. —Por fin —murmuré, viéndola cruzar el salón. Mierda, esas piernas. —Eh, hola —me respondió bajito, con ese ceño fruncido que igual le quedaba lindo. Y yo... yo me acerqué, sin pensar. —¿Te fue bien? —Sí, bastante —contestó, con un tono que me enojó por dentro. Apreté la mandíbula. Me estaba esforzando por no perder la calma, pero tenerla tan cerca no ayudaba. Se dio vuelta para subir, pero la agarré del brazo. —Logan —dijo, con la mirada clavada en mi mano—. ¿Qué te pasa? Lo que me pasaba era ella. Toda ella. Me reí sin ganas, soltándola. Me pasé las manos por la cara. Esta chica no tenía idea. —¿No lo ves? —solté. Ella solo alzó las cejas. —¿Cómo? —Ese tipo está jodidamente enamorado por ti. Se le nota hasta en la forma en que te mira. —No, no lo está —dijo cruzándose de brazos. Rodé los ojos, levantando las manos, ya desesperado. Mi pecho subía como si hubiera corrido un maratón. Lo que daría por... —¿Qué carajos te pasa? —me tiró de golpe, con rabia en la voz. Me clavó la mirada. Y me dolió un poco. Pero ¿qué esperaba que hiciera, si ella se paseaba así, tan cerca, tan perfecta? —Él es el problema —le dije, señalando hacia atrás con la cabeza. Avery se quedó quieta, sin moverse, con los ojos bien abiertos. —Logan —susurró, tranquila —. ¿Por qué te importa? La miré. De verdad la miré. Esos labios... eran una trampa. Dulces, suaves, peligrosos. Se me vino encima, literal. Tan cerca que podía contarle las pecas en la nariz. Y eso que casi no había luz. Sabía que estaba jugando con fuego, pero ya qué. Yo ya estaba quemado por dentro. Si ella quería acabar de destruirme, le daba permiso de hacerlo. Antes de pensar demasiado, la tomé de la cara, suave pero firme, y la acerqué hasta que nuestras bocas chocaron. No me frenó. Al contrario, me sujetó con ambas manos como si también lo hubiera estado esperando y se pegó a mí con más ganas. Me agarró desprevenido, pero no me quejé. Su boca… Si. Mejor de lo que mi mente calenturienta había inventado mil veces. Nos besábamos como si nuestras bocas se conocieran de antes. Y el calor, la textura, el ritmo… todo me hacía querer más. Necesitaba más. La llevé hacia atrás, hasta caer en el sillón. Se tumbó y yo encima. Mis manos ya no sabían dónde ir. Solo sabía que no quería que esto terminara. Cuando me apoyé sobre el respaldo con una mano, escuché un gemido suyo. Y me jodió la cabeza. Literal. Sus manos me recorrían sin pudor, y yo le seguía el juego, como si fuera la última noche del mundo. Mi mano fue bajando por su pierna, metiéndome bajo su falda, atrayéndola más. No llegué a tocarla como en mis fantasías, pero cuando me apretó con sus piernas por la cintura, se me escapó un gemido. Ella lo aprovechó para meterme la lengua, y ahí sí ya no podía disimular la erección que me estaba matando desde que la vi entrar. Siempre me prendió con solo mirarme, pero ahora, tenerla así, saborearla… me tenía al borde. Nuestras lenguas se encontraron y empecé a perder el control. Sentía que por fin tenía lo que necesitaba. La agarré fuerte de la cintura, aferrándome como si fuera la última vez. Me iba a ir al carajo y no me importaba. Hasta que… La cerradura sonó. Nos congelamos. Quedamos con la respiración entrecortada, las bocas separadas apenas, mirándonos. Jasper entró, medio tambaleándose. Salté del sofá como si me hubieran echado agua fría, y puse espacio entre ella y yo. Todo el espacio posible. No quería romperle el corazón a mi amigo. Ni clavarle un puñal por la espalda. —¿Jasper? —dijo ella, con la voz todavía agitada. Me subí el cierre, me peiné como pude y fui hacia él. No era momento para mirar a su hermana como si fuera mi perdición. Aunque lo era. —Hola, hermanita linda —balbuceó Jasper, y al verme, sonrió medio torcido—. Y tú, mi amigo. Avery y yo cruzamos una mirada rápida. Mirarnos ya era peligroso. —¿Estás bien? —le preguntó, ayudándolo a sentarse. En ese sofá donde casi pecamos con todo. Me he quedado con las ganas, pero a mi amigo le pasa algo muy malo. —No sé —dijo él, y sus ojos empezaron a humedecerse. ¿Y ahora qué pasó? Me quedé callado, esperando a que soltara lo que tenía dentro. Avery se sentó al otro lado. Yo tragué saliva. j***r, qué noche. —Terminé con Tessa —dijo Jasper de pronto. Me costó ocultar la alegría, aunque sabía que él sí la quería de verdad. —¿Por qué? —dijo Avery, aunque su voz sonó demasiado emocionada. Jasper se transformó. De triste a furia en un segundo. —¡Me puso los cuernos! —escupió, secándose una lágrima con rabia. Avery no parecía sorprendida, pero estaba ardiendo de ira. Se le notaba hasta en la forma en que lo abrazó. —No sabe con quien se metió esa zorra —dijo ella
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