Día cincuenta y ocho en el infierno: Observo el techo de la habitación, una que ya es tan conocida, podía saber dónde estaba cada pequeña mancha, fisura y línea, incluso con los ojos cerrados; lo observo evitando ver al ser más repugnante que he conocido en la vida: Lyckus, el color blanco ayudaba a m mente a imaginar que estaba en otro lado, a veces estaba en el gran Cañón, observando con asombro el poder de la naturaleza, aquella construcción extraña y magnifica, creado por el pasar de los siglos, me producía cierta paz, me hacía sentir libre. - Ha sido perfecto –escucho decir, y sé que ha terminado, por hoy–. Si no tuviera tanto trabajo, te tendría cada noche –dice poniéndose de pie. - Alabemos entonces tu trabajo –digo con seco humor, la verdad, es que sólo hablo para enfadarlo, esp

