Capítulo 10 Los escondidos

1321 Palabras

Herón descendió por las escaleras con la diplomática en sus brazos, seguido de cerca por la sirviente. A cada sobresalto en los escalones, sentía el roce del cuerpo de ella contra el suyo. Su piel, cubierta por la tela de su ayaba, transmitía un calor que contrastaba con el frío metal de su equipo. Aquel contacto involuntario, repetitivo, encendía una alerta instintiva en su mente, pero también lo anclaba a la realidad. No cargaba un objeto, ella era una persona real, frágil, con un corazón palpitante y una respiración agitada que rozaba su cuello y con una herida. Era una mujer, aunque de otro país, otro continente, religión y cultura, que los podían hacer muy distintos y sin nada en común. Pero había algo que era universal a pesar de todas esas diferencias, y era que pertenecían a la mis

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